el mundo, pero mira a tu alrededor: me tienes a mí, a tu padre (a los dos), a Karen, que te quiere como si
fueses su hijo, a Landon, que te quiere más de lo que ninguno de los dos admitiréis jamás… —Tessa
sonríe ligeramente al mencionar a su mejor amigo, pero continúa con su sermón—: Kimberly te provoca a
veces, pero a ella también le importas, y Smith…, tú eres literalmente la única persona que le gusta a ese
niño.
Me coge las manos entre las suyas temblorosas y me acaricia las palmas suavemente con los pulgares.
—Si lo piensas, es irónico: el hombre que odia al mundo entero es el más amado por él —susurra, y
sus ojos se inundan de lágrimas. Lágrimas por mí, demasiadas lágrimas por mí.
—Nena. —Tiro de ella hacia mi asiento y se coloca a horcajadas sobre mi cintura. Rodea mi cuello
con los brazos—. ¿Cómo puedes ser tan bondadosa?
Entierro el rostro en su cuello, casi intentando esconderme en su pelo desaliñado.
—Permite que entren, Hardin. La vida es mucho más sencilla de ese modo. —Me acaricia la cabeza
como si fuera alguna especie de mascota… pero, joder, me encanta.
Hundo el hocico más aún en su pelo.
—No es tan fácil —replico.
Me arde la garganta, y siento que sólo puedo respirar cuando inhalo su esencia. Está ligeramente
empañada por el ligero olor a humo y a fuego que, al parecer, he trasladado al coche, pero sigue
resultando tranquilizadora.
—Lo sé. —Continúa pasándome las manos por el pelo, y quiero creerla.
¿Por qué es siempre tan comprensiva conmigo cuando no lo merezco?
El sonido de un claxon me saca de mi escondite y me recuerda que estamos junto a los surtidores.
Por lo visto, al camionero que tenemos detrás no le apetece esperar. Tessa se aparta de mi regazo y se
abrocha el cinturón en el asiento del acompañante.
Me planteo dejar el coche aquí parado sólo para fastidiar, pero entonces oigo rugir las tripas de Tessa
y cambio de idea. ¿Cuándo fue la última vez que comió? El hecho de que ni siquiera me acuerde significa
que hace demasiado tiempo.
Me alejo de los surtidores y me dirijo a un aparcamiento vacío que hay al otro lado de la calle, donde
dormimos anoche.
—Come algo —digo colocándole una barrita de cereales en las manos.
Aparco casi al final, cerca de un grupo de árboles, y enciendo la calefacción. Ya es primavera, pero el
aire matutino es fresco y Tessa está tiritando. La rodeo con el brazo y hago un gesto como si estuviera
ofreciéndole el mundo.
—Podríamos ir a Haworth, para ver el pueblo de las hermanas Brontë —sugiero—. Podría mostrarte
los páramos.
Me sorprende echándose a reír.
—¿Qué te hace tanta gracia? —Enarco una ceja y le doy un bocado a un muffin de plátano.
—Después de la noche que has pasa… pasado —se aclara la garganta—, ¿me propones llevarme a los
páramos? —Sacude la cabeza y coge su humeante café.