Back Amor infinito Save as PDF

—No. No me utilizó. —Mira en mi dirección—. Sé que es lo que parece, y que es una situación de

mierda, pero ella tenía que pensar en ti y en tu futuro. Yo era un auténtico desastre, no valía para nada.

No tenía ningún futuro.

—Y ahora eres millonario —señalo con resentimiento.

¿Cómo puede defender a mi madre después de toda esa mierda? ¿Qué cojones le pasa? Pero de

repente caigo en la cuenta de algo y pienso en ella, que perdió a dos hombres que más adelante lograron

hacer una fortuna, mientras ella trabaja como una mula para volver a su triste casucha.

Vance asiente.

—Sí, pero por aquel entonces nadie lo habría imaginado. Ken lo tenía todo organizado, y yo no.

Punto.

—Hasta que empezó a ponerse como una cuba todas las noches.

La ira aumenta de nuevo. El afilado aguijonazo de la traición me atraviesa y siento que jamás podré

escapar de esta rabia que me invade. Me pasé la infancia con un puto borracho mientras Vance se daba la

gran vida.

—Ésa fue otra de mis cagadas —dice este hombre al que durante tanto tiempo creí conocer de verdad

—. Pasé una época de mierda después de que tú nacieras, pero me matriculé en la universidad y amé a tu

madre en silencio…

—¿Hasta…?

—Hasta que tú tuviste unos cinco años. Era tu cumpleaños y estábamos todos en tu fiesta. Entraste

corriendo en la cocina buscando a tu padre… —La voz de Vance se entrecorta y cierro el puño con más

fuerza—. Llevabas un libro agarrado contra el pecho, y por un segundo olvidé que no te referías a mí.

Golpeo con fuerza el salpicadero.

—Déjame bajar del coche —le ordeno.

No puedo seguir escuchando esto. No puedo soportarlo. No puedo asimilarlo todo de golpe.

Vance ignora mi arrebato y continúa conduciendo por la calle residencial que atravesamos.

—Aquel día perdí los papeles. Le exigí a tu madre que le contara la verdad a Ken. Estaba harto de

verte crecer como un mero espectador, y para aquel entonces ya tenía mis planes asegurados para

trasladarme a Estados Unidos. Le supliqué que viniera conmigo y que te trajese, hijo mío.

«Hijo mío.»

Se me revuelve el estómago. Debería saltar del coche en marcha. Observo las encantadoras casitas

que dejamos atrás mientras pienso que prefiero mil veces el dolor físico a esto.

—Pero ella se negó y me dijo que había solicitado unas pruebas y que… al final resultaba que no eras

hijo mío.

—¿Qué? —Me llevo la mano a la frente para frotarme las sienes. Destrozaría el salpicadero con el

cráneo si tuviese la certeza de que eso me ayudaría en algo.

Miro a Christian y veo cómo mira a izquierda y a derecha rápidamente. Entonces soy consciente de la

velocidad a la que avanzamos y me doy cuenta de que está evitando parar en los semáforos y las señales

de stop para impedir que yo salte del coche.

—Supongo que le entró el pánico. No lo sé. —Me mira—. Sabía que estaba mintiéndome. De hecho,