cuando empecé a desear desesperadamente que me llamara porque entonces todo iría bien, todo iría
bien. Los dos pediríamos perdón y yo volvería a casa.
Cuando releo el párrafo por segunda vez, mis ojos amenazan con derramar lágrimas.
¿Por qué me estoy torturando leyendo esto? Debió de escribirlo hace mucho tiempo, justo después de
volver de Londres la última vez. Ahora ha cambiado de idea completamente y no quiere saber nada de
mí, y por fin lo he aceptado. Tengo que hacerlo. Leeré un párrafo más y cerraré la caja. Sólo uno más,
me prometo a mí misma.
El sexto día me desperté con los ojos rojos e hinchados. No me podía creer la llorera de la noche
anterior. La opresión en el pecho era mucho peor y apenas podía abrir los ojos. ¿Por qué fui tan
capullo? ¿Por qué seguí tratándola como a una mierda? Es la primera persona que de verdad me ha
visto, que sabe cómo soy por dentro, cómo soy de verdad, y yo voy y la trato como a una mierda. La
culpé a ella de todo cuando en realidad todo era culpa mía. Siempre ha sido mía, siempre, incluso
cuando parecía que no estaba haciendo nada malo. Era grosero con ella cuando intentaba hablar
conmigo. Le gritaba cuando me pillaba haciendo una de las mías. Y le mentía sin parar. Me lo ha
perdonado siempre todo. Siempre podía contar con eso y tal vez por esa razón la trataba así, porque
sabía que podía. El sexto día aplasté el móvil bajo mis pies.
Se acabó. No puedo seguir leyendo sin perder cada gramo de fuerza que he ido adquiriendo desde
que lo dejé en Londres. Meto las páginas de nuevo en la caja y la cierro. Mis ojos traicioneros derraman
unas lágrimas indeseadas, y me apresuro a salir de aquí. Prefiero llamar a administración para pedir una
copia de mi expediente a pasar un segundo más en este apartamento.
Dejo la caja de zapatos en el suelo del armario y atravieso el pasillo hasta el baño para comprobar mi
maquillaje antes de volver abajo con Landon. Abro la puerta de golpe, enciendo la luz y lanzo un grito de
sorpresa cuando mi pie tropieza con algo.
«Alguien…»
Se me hiela la sangre e intento centrarme en el cuerpo que yace en el suelo del baño. Esto no puede
estar pasando.
«Por favor, Señor, que no sea…»
Y cuando enfoco la vista, la mitad de mi ruego ha sido escuchado. No es el chico que me dejó el que
está tirado a mis pies.
Es mi padre, con una jeringuilla colgando del brazo y sin color en el rostro, lo que significa que la otra
mitad de mis pesadillas se han cumplido.
CAPÍTULO 20
Hardin
Las gafas del médico rollizo penden del puente de su nariz, y casi puedo oler cómo me juzga.
Supongo que sigue cabreado porque he estallado cuando me ha preguntado «¿Seguro que no has
golpeado una pared?» por enésima vez. Sé lo que está pensando, y por mí puede irse a la mierda.