Back Amor infinito Save as PDF

Siento lástima por Kimberly. Ya ha tenido que enfrentarse a la infidelidad de su pareja, y ahora esto.

Cuando el pequeño llega junto a nosotras, se detiene y nos observa con una mirada misteriosa, como si

supiese exactamente de qué estábamos hablando. Sé que no puede ser, pero el modo en que se adelanta y

se mete en el coche sin decir ni una palabra me hace dudar.

Mientras recorremos Hampstead en busca de Hardin y de su padre, el pánico no para de subir y bajar

en mi pecho.

CAPÍTULO 2

Hardin

El crujir de la madera partiéndose resuena por todo el bar.

—¡Hardin, para! —grita Vance desde alguna parte; su voz retumba en el local.

Otro chasquido seguido por el ruido de cristal rompiéndose. El sonido me complace y alimenta mi sed

de violencia. Necesito romper cosas, cargarme algo, aunque sea un objeto.

Y lo hago.

Oigo unos gritos que me sacan de mi trance. Me miro las manos y veo el extremo astillado de la pata

de una silla cara. Levanto la vista hacia las expresiones alarmadas de unos desconocidos y busco un único

rostro: el de Tessa. Pero ella no está aquí, y en este momento de rabia no sé si eso es bueno o malo.

Estaría asustada; estaría preocupada por mí, presa del pánico, estresada y chillando mi nombre para

ahogar los gritos que resuenan en mis oídos.

Dejo caer rápidamente el trozo de madera como si me quemara la piel. Y entonces noto que unos

brazos me rodean los hombros.

—¡Sacadlo de aquí antes de que llamen a la policía! —dice Mike gritando más fuerte de lo que lo

había oído jamás.

—¡No me toques! —Me quito a Vance de encima y lo fulmino con una mirada de furia.

—¡¿Quieres ir a la cárcel?! —chilla a tan sólo unos centímetros de mi cara.

Quiero lanzarlo al suelo, agarrarlo del cuello y…

Pero entonces, un par de mujeres gritan y evitan que vuelva a caer en ese agujero negro. Echo un

vistazo al bar pijo y veo los vasos hechos añicos en el suelo, la silla rota y las expresiones de horror de los

clientes que esperan salir ilesos de esta carnicería. Su estupor tarda sólo unos instantes en transformarse

en una tremenda ira dirigida a mí por el hecho de haber interrumpido su costosa búsqueda de la felicidad.

Christian me sigue cuando paso a toda velocidad junto a una camarera y salgo del local.

—Entra en mi coche y te lo explicaré todo —resopla.

Temiendo que la poli aparezca en cualquier momento, le hago caso, pero no sé cómo sentirme ni qué

decir. A pesar de la confesión, mi mente no consigue asimilarlo. Es tan imposible que resulta ridículo.

Me acomodo en el asiento del acompañante mientras él ocupa el del conductor.

—No puedes ser mi padre —digo—. Es imposible. No tiene ningún sentido. —Al reparar en el caro

vehículo de alquiler, me pregunto si Tessa estará tirada en ese maldito parque en el que la he dejado—.