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The Acid House

Irvine Welsh
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Acid House

Irvine Welsh

Acid House

Traducción de Federico Corriente

EDITORIAL ANAGRAMA

BARCELONA

Título de la edición original: The Acid House Jonathan Cape Londres, 1994

Portada:

Julio Vivas

Ilustración de Alexandra Schettler

© Irvine Welsh, 1994

© EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 1997 Pedro de la Creu, 58 08034 Barcelona

ISBN: 84-339-2364-1 Depósito Legal: B. 17185-1997

Printed in Spain

Liberduplex, S.L., Constitució, 19, 08014 Barcelona

Para mis padres, Pete y Jean Welsh, por todo su amor y apoyo

AGRADECIMIENTOS

Algunas de las historias de esta recopilación han aparecido en las siguientes revistas y antologías: «Disnae Matter» en Re-bel Inc, «Where the Debris Meets The Sea» en Pig Squealing, New Writing Scotland N.° 10, «Sport For All», en The Ghost of Líberace, New Writing Scotland N.° 11. «The Sexual Disaster Quartet» apareció en Folk, publicado por Clocktower Press.

Gracias a los editores: Janice Galloway, A. L. Kennedy, Duncan McLean, Hamish Whyte y Kevin Williamson.

Gracias también a las siguientes personas, cuya inspiración, ideas, aliento y crueles invectivas han influenciado esta selección:

Lesley Bryce, Colin Campbell, Jim Carrol, Max Davis, Deb-bie Donovan, Gary Dunn, Jimmy Easton, James Ferguson, Tam Ferguson, Adeline Finlay, Minna Fry, Janet Hay, Davie Inglis, Mark Kennedy, Stan Kieltyka, Miles Leitch, John McCartney, Helen McCartney, Willie McDermott, Kenny McMillan, James McMillan, Sandy Macnair, Andrew Miller, Robin Robertson, Stuart Russell, Rosie Savin, Colin Shearer, John Shearer, Bobby Shipton, George Shipton, Susan Smith, Angela Sullivan, Dave Todd y Kevin Williamson (otra vez)

Muchas gracias a ese soul-brother de los nuevos salones de la insurrección psíquica, Paul Reekie, por permitirme emplear su poema.

Gracias superespeciales a Anne, por todo.

Que siga la fiesta.

La temporada de la seta de César

Es la opuesta a la temporada de la seta

Así como la seta de César llega en marzo

La temporada de la seta es en septiembre

Seis meses antes

Medio año

Equinoccio

Vernal no otoñal

Esperas algo más

Que un equilibrio mejor

Entre el temor y el deseo

Sólo los descarriados

Hallarán la senda clara

No en el bosque ni en el campo

No un manto, como el de César, engalanado en púrpura

Sino toda una calle engalanada en púrpura

Y todas las puertas que en ella hay

Envueltas en diferentes papeles de Navidad

Las setas de la medianoche de septiembre

Revelan los ritmos de la visión

No puedes moverte sin tropezar con ellas

Borra tus cintas

Borra tus cintas con relámpago.

Paul Reekie «Cuando llega la temporada de la seta de César…»

LA RECORTADA

«Estupenda cazuela, Marge», comenté entre frenéticos bocados. Estaba realmente buena.

«Me alegro de que te guste», contestó ella, sonriendo benévolamente tras sus gafas. Marge era una mujer atractiva, no cabía duda.

Yo disfrutaba, pero Lisa movía la comida en el plato, arrugando hacia fuera el labio inferior.

«¿No te gusta, Lisa?», inquirió Marge.

La criatura no dijo nada, simplemente sacudió la cabeza sin cambiar de expresión.

Gary echaba chispas por los ojos. La pequeña Lisa acertó de pleno manteniendo los ojos fijos en el plato.

«¡Vamos! ¡Te lo vas a comer, chiquilla, maldita sea!», soltó con ferocidad. Lisa se dobló como si las palabras hubiesen tenido impacto físico.

«Déjala, Gary. Si no quiere, no hace falta que se lo coma», terció Marge. Gary apartó la vista de la niña. Aprovechando la oportunidad, Lisa se levantó de la mesa de un brinco y salió de la habitación.

«Adonde crees que…», comenzó Gary.

«Ay, déjala estar», bufó Marge.

Gary la miró y meneó el tenedor como un maníaco. «Yo digo una cosa, tú dices otra. ¡No es de extrañar que no me tengan puto respeto ni en mi puñetera casa!»

Marge se encogió tímidamente de hombros. Gary tenía genio, y estaba verdaderamente crispado desde que lo habían soltado. Se volvió hacia mí implorando comprensión. «¿Te das

cuenta, Jock?1 ¡Pero es que siempre, joder! ¡Me tratan como si fuera invisible, joder! En mi puta casa. ¡Mi puñetera hija! Mi puñetera señora, por el amor de Cristo», se lamentaba, señalando burlonamente hacia Marge.

«Cálmate, Gal», dije. «Marge nos ha agasajado con una comilona espléndida. Un papeo estupendo, Marge. Lisa no tiene la culpa de que no le guste, ya sabes cómo son los crios. Tienen papilas gustativas distintas de las nuestras, y todo eso.» Marge sonreía en señal de aprobación; Gary se limitó a encogerse de hombros y mirar ceñudamente al vacío. Terminamos lo que quedaba, interrumpiendo el atracón con los ceremoniosos diálogos de rigor; discutimos las posibilidades del Arsenal para la siguiente temporada, comparamos los méritos de la nueva cooperativa del centro comercial de Dalston con los del Sainsbury que hay enfrente, indagamos en los parentescos y probable orientación sexual del nuevo gerente que se había hecho cargo de Murphy’s, y debatimos sin pasión los pros y los contras de la reapertura de la estación local de ferrocarriles de London Field, clausurada hacía años a causa de los daños provocados por un incendio.

Finalmente Gary se repantigó y eructó, se estiró y se puso en pie. «Muy buena manduca, nena», dijo, apaciguándola. A continuación se volvió hacia mí: «¿Estás listo?»

«Sí», respondí, incorporándome.

Gary despejó la interrogante que había en el rostro perplejo de Marge. «Yo y Jock tenemos que hablar de unos asuntos, ¿eh?»

A Marge se le puso cara de perro. «No irás a robar otra vez, ¿verdad?»

«Te dije que no, ¿no?», respondió agresivamente Gary. Los encendidos ojos y la boca retorcida de ella se encontraron con la mirada de él. «¡Me lo prometiste! ¡ME LO PROMETISTE, JODER! Todas las putas cosas que dijiste…»

«¡No voy a robar! ¡Jock!», imploró. Marge posó sobre mí sus grandes ojos suplicantes. ¿Me pedía que le contara la verdad o que le contara lo que ella quería oír? Las promesas de Gary.

1. Apelativo genérico empleado por los ingleses para designar a los escoceses, tanto en particular como en general. (N. del T.)

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Promesas tantas veces hechas; tantas veces rotas. Independientemente de lo que yo le dijese en aquel momento, volverían a desilusionarla de nuevo: Gary o cualquier otro tío. Para alguna gente no hay escapatoria frente a ciertas decepciones.

«No, esto es legal. Palabra», sonreí.

Mi salida fue lo bastante buena para infundirle confianza a Gary. Adoptando una expresión de ultrajada inocencia dijo: «Ahí lo tienes. De buena tinta, nena.»

Gary subió a mear. Marge sacudió la cabeza y bajó la voz. «Me preocupa, Jock. Está tan susceptible últimamente…»

«Se preocupa por ti y por la niña, Marge. Gal es así; es un aprensivo. Es su naturaleza.»

Todos somos unos jodidos aprensivos.

«¿Estás listo o qué?» Gary asomó la cabeza por la puerta.

Nos marchamos para el Tanners. Yo me dirigí a la habitación del fondo y Gary me siguió con dos pintas de best.1 Las depositó con mimo y precisión sobre la mesa brillante. Miró las pintas y dijo suavemente, sacudiendo la cabeza: «El problema no es Whitworth.»

«Para mí sí que es un puto problema. Un puto problema por valor de dos de los grandes.»

«No me sigues, Jock. Él no es el problema, ¿no te das cuenta? Eres tú», dijo señalándome rígidamente con el dedo extendido, «y yo», golpeando fuertemente con el dedo sobre su pecho. «Estos putos burros. Ya podemos olvidarnos de esa pasta, Jock.»

«Y una mierda…»

«Whitworth nos va a vacilar, nos va a dar largas, y va a pasar de nosotros hasta que nos callemos como dos buenos chicos», sonrió tétricamente, mientras su voz resonaba fría e implacablemente. «No nos toma en serio, Jock.»

«¿Entonces qué me estás diciendo, Gal?»

«Que o nos olvidamos, o le obligamos a tomarnos en serio.»

Dejé que sus palabras juguetearan en mi cabeza, calibrando y volviendo a calibrar sus consecuencias, unas consecuencias que en realidad había reconocido de inmediato.

1. Best bitter, variedad de cerveza característica de las Midlands inglesas. (N. del T.)

«¿Qué hacemos, entonces?»

Gary respiró hondo. Era extraño que ahora estuviese tan tranquilo y sensato, en contraste con el estado de crispación que había mostrado durante la comida. «Le enseñamos al muy cerdo a tomarnos en serio. Le damos una buena lección. Le enseñamos a tener un poco de respeto, ¿vale?»

La manera de hacerlo Gary la dejó clara como el agua. Cogeríamos algo de chatarra e iríamos dando un paseo en coche hasta el piso de Whitworth en Haggerston. A continuación le sacaríamos a hostias siete clases distintas de mierda en la puerta de su casa y fijaríamos una fecha tope para la devolución del dinero que nos debía.

Sopesé aquella estrategia. Desde luego, no había ninguna posibilidad de resolver el asunto legalmente. La presión moral y emocional no había dado frutos, y Gary tenía razón, de hecho había dejado en entredicho nuestra credibilidad. Se trataba de nuestro dinero, y a Whitworth le habíamos dado todas las oportunidades de devolverlo. Pero yo estaba asustado. Estábamos a punto de abrir una fea caja de Pandora y tuve la impresión de que los acontecimientos empezaban a escapárseme de las manos. Tuve una visión de los Scrubs,1 o peor aún, de chanclas de hormigón y un bañito en el Támesis, o alguna variante sobre el cliché que en realidad venía a ser más o menos lo mismo. Whitworth no representaría ningún problema en sí mismo, era todo fachada; un bocas, pero no era hombre de violencia. La cuestión era: ¿tenía buenas conexiones? Pronto lo averiguaríamos. No había vuelta de hoja. De cualquier forma, perdería yo. Si no seguía adelante, perdería credibilidad ante Gary, y yo le necesitaba más que él a mí. Lo más importante, alguien se quedaría con mi dinero y yo me quedaría pelado y con la autoestima bajo mínimos por haber capitulado tan dócilmente.

«Vamonos a ponerle las peras al cuarto a ese cabrón», dije.

«¡Ése eres tú!», me dio una palmada en la espalda Gary. «Siempre supe que tenías cojones, Jock. ¡Vosotros los jodidos Jocks estáis todos locos que te cagas! Vamos a enseñarle a Whitworth a quién le está tocando los huevos.»

1. Warmwood Scrubs. Centro penitenciario del área londinense. (N. del T.) 16

«¿Cuándo?», pregunté, sintiendo leves náuseas de excitación y angustia.

Gary se encogió de hombros y enarcó una ceja. «No hay nada como el presente.»

«¿Quieres decir ahora mismo?», resollé. Estábamos en pleno día.

«Esta noche. Te vendré a buscar a las ocho con un buga.»

«A las ocho», asentí débilmente. En los últimos día venía captando enormes vibraciones de ansiedad a causa del inestable comportamiento de Gary. «Oye, Gal, no hay nada más que una cuestión de dinero entre tú y Tony Whitworth, ¿verdad?»

«En mis circunstancias, con lo del dinero basta, Jock. Más que suficiente, ¿o no?», dijo, rematando su pinta e incorporándose. «Me voy a casa. Tú también deberías. No te conviene estar pegándole más de la cuenta al Jonathan Ross»,1 añadió señalando mi vaso. «Tenemos trabajo.»

Le vi marchar resuelta y pesadamente, deteniéndose sólo para saludar con la mano al viejo Gerry O’Hagan en la barra.

Yo me fui poco después, obedeciendo la recomendación de Gal respecto del consumo de caldos. Me acerqué a la tienda de deportes de Dalston y compré un bate de béisbol. Pensé en comprarme un pasamontañas, pero habría resultado demasiado revelador, así que fui a comprármelo al Army and Navy.2 Me quedé sentado en mi queo, incapaz durante un rato de echar una mirada a mis adquisiciones. Entonces cogí el bate y comencé a asestar golpes al aire. Quité el colchón de encima de la cama y lo puse contra la pared. Lo sacudí con el bate, comprobando la trayectoria, la posición y el equilibrio. Liberé ansiedad golpeando, arremetiendo y gruñendo como un maníaco.

Gary no tardó mucho en regresar. Ya eran las ocho y pensé que había sufrido un acceso de cordura y decidido olvidar el tema por completo, tal vez después de que Marge barruntara que se cocía algo y se le echara encima. A las 8.11 según la radio reloj digital, oí el sobrecogedor bocinazo en la calle.

1. Argot rimado. «Jonathan Ross» por sauce («salsa», es decir, una cerveza
espesa). (N. del T.)

2. Tiendas del Ejército y la Marina que venden ropa militar. (N. del T.)

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Ni siquiera me acerqué a la ventana. Simplemente cogí el pa-samontañas y el bate y me fui escaleras abajo. Ahora mi presa sobre el arma resultaba débil e insulsa.

Me senté en el asiento delantero. «Veo que estás preparado», sonrió Gary. Después de hablar, su expresión seguía congelada en aquella sonrisa, como una estrafalaria máscara de Halloween.

«¿Tú qué llevas?» Temí que sacara un cuchillo.

El corazón se me detuvo cuando sacó una escopeta de cañones recortados de debajo del asiento.

«Ni hablar, tío. Ni hablar.» Hice ademán de salir del coche. Me echó la mano al brazo.

«¡Tranquilo! Joder, no está cargada, ¿eh? Ya me conoces, Jock, hostia puta. Las recortadas no son lo mío, joder, ni lo han sido nunca. Podrías atribuirme un poco más de puñetero talento, ¿no?»

«¿Me estás diciendo que el rifle no está cargado?»

«Pues claro que no está cargado, puñeta. ¿Te crees que soy bobo, joder? Si lo hacemos así no hará falta violencia. No habrá follón y nadie saldrá herido. Me lo dijo un tío en el talega; la gente cambia cuando le apuntas con un rifle. Así es como lo veo yo: queremos nuestro dinero. No es cuestión de hacerle daño a ese cabrón; sólo queremos la pasta. Si se te va la mano con el bate, podrías dejarlo hecho un vegetal. Entonces no obtendríamos ningún dinero pero sí un camarote en los Scrubs. Le aterrorizamos, le enseñamos esto», agitó la recortada, que ahora parecía un patético juguete, «y se pondrá a cagar billetes de una libra.»

Tenía que confesar que sonaba mucho más sencillo a la manera de Gary. Asustar a Whitworth era preferible a darle un repaso. Si lo reventábamos era posible que reuniese una cuadrilla para vengarse. Si lo dejabas cagado de miedo con una recortada, lo más seguro es que aprendiese a no tocarte los huevos. Nosotros sabíamos que el arma no estaba cargada, Whitworth no. ¿Quién se la jugaría?

El piso de Whitworth estaba en el entresuelo de un edificio de dúplex construido con bloques prefabricados de los años sesenta, situado en una pequeña zona de viviendas de protección oficial junto a Queensbridge Road. Aún no había oscu-

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recido del todo cuando aparcamos el coche a escasos metros de su portal. Me planteé si ponerme o no el pasamontañas, decidiéndome en contra. Gary no tenía máscara, y además queríamos que Tony Whitworth viese quién le apuntaba. En vez de eso, al salir del coche oculté el bate debajo de mi abrigo largo.

«Toca el puto timbre», me instó Gary.

Pulsé el timbre.

Se encendió la luz de un pasillo, colándose por el resquicio de la parte superior de la puerta. Gary se metió la mano dentro del abrigo. La puerta se abrió y un chico de unos ocho años, que llevaba un chándal del Arsenal, apareció cautelosamente ante nosotros.

«¿Está Tony?», preguntó Gary.

Yo no había contado con aquello. Había convertido a Whitworth en un personaje de tebeo, un estereotipo de bocas chulo putas, a fin de justificar lo que íbamos a hacerle. Jamás le había imaginado como una persona de verdad, con hijos, personas que dependían de él, que probablemente hasta le querían. Intenté indicarle a Gary que aquél no era ni el lugar ni el momento, pero el chiquillo había desaparecido dentro de la casa y fue reemplazado casi simultáneamente por Whitworth. Llevaba una camiseta blanca y vaqueros, y exhibía una sonrisa radiante.

«Chavales», sonrió cálidamente. «¡Me alegro de veros! Tengo algo para vosotros, si…» Se detuvo a mitad de frase mientras los ojos se le entornaban y el color desaparecía de su cara. Un lado de su rostro se contrajo como si estuviera sufriendo una apoplejía. Gary sacó de pronto la recortada y le apuntó directamente.

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