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Linford dijo desde lo alto que creía ver los restos de los escalones de la torre, pero nadie le hacía caso.
—¿Asesinado? —preguntó Ellen Wylie.
Gilfillan asintió con la cabeza. Su linterna arrojaba sombras extrañas en las paredes al enfocarla sobre las oscilantes telarañas. Linford trataba de leer una inscripción en el muro.
—Aquí veo una fecha... 1870, creo.
—¿Saben que lord Queensberry fue el artífice del Acta de Unión? —decía Gilfillan. Advirtió que era la primera vez que todos le prestaban atención desde el inicio de la visita—. Aquí, en 1707 —añadió rascando con la suela del zapato las tablas del suelo— se inventó Gran Bretaña. Bien, la noche en que se firmó el acuerdo trabajaba en la cocina un joven criado. El duque de Queensberry era secretario de Estado. Tenía un hijo, James Douglas, conde de Drumlanrig, de quien se decía que estaba loco...
—¿Qué sucedió?
Gilfillan alzó la vista hacia la trampilla.
—¿Todo bien por ahí arriba? —preguntó.
—Muy bien. ¿Quiere alguien echar un vistazo?
Nadie hizo caso y Ellen Wylie repitió su pregunta.
—Pues que ensartó al criado con su espada —contestó Gilfillan— y lo asó luego en una de las chimeneas de la cocina. Cuando lo encontraron estaba sentado comiéndoselo tranquilamente.
—¡Dios santo! —exclamó Ellen Wylie.
—¿Creéis que es cierto? —dijo Bobby Hogan metiéndose las manos en los bolsillos.
—Está documentado —añadió Gilfillan encogiéndose de hombros.
Desde el desván llegó una ráfaga de aire frío y acto seguido vieron surgir una bota de goma en la escalera de mano y Derek Linford inició su lento y polvoriento descenso; una vez en el suelo, se sacó el bolígrafo de entre los dientes.
—Es muy interesante lo que hay ahí arriba —dijo—. Deberíais verlo. Tal vez sea la última oportunidad.
—¿Y eso por qué? —preguntó Bobby Hogan.
—Porque dudo mucho de que dejen entrar aquí a los turistas, Bobby —contestó Linford—. Imagínate el jaleo para los de seguridad.
Hogan dio un paso al frente tan rápido que Linford se estremeció, pero Hogan simplemente le quitó una telaraña del hombro.
—No puedo consentir que vuelvas a la Casa Grande sin estar como nuevo, muchacho —dijo sin que Linford se inmutara, pensando probablemente que no valía la pena hacer caso de carcamales como Bobby Hogan, del mismo modo que éste sabía que poco tenía que temer de Linford pues él estaría jubilado antes de que el joven inspector hubiera llegado a un puesto de poder importante.
—No acabo de verlo como sede parlamentaria —dijo
Ellen Wylie mirando las manchas de humedad de las paredes y el yeso desconchado—. ¿No habría sido mejor demolerlo y hacerlo todo nuevo?
—Es un edificio protegido —añadió Gilfillan, pero ella se encogió de hombros y Rebus comprendió que su único propósito había sido distraer la atención del grupo centrada en Linford y Hogan. Gilfillan echó a andar de nuevo y siguió explayándose en la historia del lugar: los pozos que habían aparecido debajo de la cervecería y el matadero contiguo. Cuando el grupo comenzó a bajar la escalera, Bobby Hogan se quedó rezagado dando golpecitos con el dedo en el reloj y llevándose la mano a la boca en un gesto elocuente. Rebus inclinó la cabeza indicándole que aprobaba la idea: irían a echar un trago cuando acabaran allí. Jenny Ha's no estaba lejos, podían ir andando, o parar de vuelta a Saint Leonard en la Holyrood Tavern. Como si les leyera el pensamiento, Gilfillan comenzó a explicar la historia de la cervecería Younger's.