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—¿Cuándo estará terminado el edificio? —preguntó Grant Hood. Era una cuestión fácil porque todos estaban al corriente, pero Rebus comprendió que Hood trataba de consolar a Gilfillan planteándole una pregunta que pudiera responder.
—Las obras empezarán este verano —respondió el arqueólogo— y todo tiene que estar funcionando en otoño de 2001.
Al salir del rellano desembocaron en un espacio con una serie de entradas abiertas a través de las cuales se vislumbraron las salas del antiguo hospital. Las paredes tenían perforaciones y los suelos habían sido levantados para verificar el estado de la estructura. Rebus se asomó a una ventana y vio que los obreros empezaban a recoger: estaba oscureciendo y era peligroso andar por los tejados. Vio abajo un cenador también condenado a la piqueta y un árbol marchito y triste rodeado de escombros, que había plantado la reina. No podían retirarlo ni talarlo sin su permiso. Gilfillan les dijo quetenían ya la autorización y que no tardaría en desaparecer porque en aquel lugar se recrearían jardines de diseño formal o tal vez se haría una zona de aparcamiento, aunque no estaba decidido pues hasta 2001 había tiempo de sobra. Mientras se terminaba el complejo, el Parlamento tendría su sede en la sala de actos de la Iglesia de Escocia cerca de la cima de The Mound. El comité había visitado dos veces la sala y sus inmediaciones, donde provisionalmente se habilitarían despachos en edificios para los parlamentarios. En una de las reuniones Bobby Hogan preguntó por qué no aguardaban a que estuviera terminado el complejo de Holyrood para «abrir la tienda», según sus propias palabras, comentario que suscitó una mirada de perplejidad de Peter Brent, el funcionario.
—Porque Escocia necesita ya mismo un Parlamento.
—Lo gracioso es haber estado trescientos años sin Parlamento.
Brent estuvo a punto de hacer una objeción, pero Rebus le tomó la delantera.
—Bobby, ya sabes tú que mucha prisa no se dan.
Hogan sonrió al captar que lo decía por el nuevo Museo de Escocia que la reina inauguró antes de que lo hubiesen terminado. Hubo que esconder el andamiaje y los botes de pintura hasta después de la ceremonia.
Gilfillan estaba junto a una escalera retráctil y señaló una trampilla del techo.
—Ahí arriba tenemos el tejado primitivo —dijo cuando ya Dereck Linford pisaba el último peldaño—. No hace falta que suba más, si quiere —añadió Gilfillan viendo que subía decidido— puedo iluminar con la linterna...
Pero Linford desapareció por la abertura.
—Cerremos la trampilla y larguémonos —bromeó Bobby Hogan con una sonrisa.
—Qué ambiente más... especial hay aquí, ¿no? —dijo Ellen Wylie encogiéndose de hombros.
—Mi esposa vio un fantasma —dijo Joe Dickie—. Muchos de los que trabajaron aquí lo vieron. Era una mujer que lloraba. Solía sentarse a los pies de una de las camas.
—A lo mejor era un paciente que murió aquí —sugirió Grant Hood.
—Yo también he oído esa historia —dijo Gilfillan volviéndose hacia ellos—. Era la madre de uno de los criados que trabajaba aquí la noche en que firmaron el Acta de Unión. El pobre murió asesinado.