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Había terminado la identificación y el papeleo, los miembros de la familia parecían estar petrificados. Hasta a Linford se le veía un tanto impresionado. Quizá era otra de sus actuaciones. Rebus se acercó a la viuda.
—Podemos disponer un par de coches para ustedes.
—No, gracias —replicó ella sorbiéndose las lágrimas—. Muy amable —añadió parpadeando para fijarse bien en él—. Esperamos un taxi.
En aquel momento se les acercó la hermana del difunto, pero la madre siguió sentada en una de las sillas con rostro imperturbable y muy tiesa.
—Si te parece bien, madre tiene una funeraria que puede encargarse de todo —dijo Lorna Grieve a la viuda, pero fue Rebus quien contestó.
—Comprenderá usted que no se puede aún entregar el cadáver.
Ella le miró con aquellos ojos que él había visto tantas veces en periódicos y revistas: los ojos de la modelo Lorna Grieve, ahora ya casi cincuentona. Rebus la conocía desde finales de los sesenta, cuando ella no tenía ni veinte años, salía con estrellas del rock y ya corrían rumores de que había provocado la separación de más de un grupo famoso. Melody Maker y New Musical Express publicaban fotos de ella con el cabello largo y rubio, delgada hasta el punto de la escualidez. Desde entonces había engordado bastante y ahora llevaba una melena más corta y más oscura, pero conservaba el aura de antaño, pese al lugar y a las circunstancias.
—¡Sepa que somos la familia! —exclamó.
—Lorna, por favor —terció su cuñada.
—¿Acaso no es verdad? Sólo nos faltaba que un mequetrefe presuntuoso con carpeta venga a decirnos...
—Creo que me confunde usted con un empleado de aquí —la interrumpió Rebus.
—¿Pues, quién demonios es, si no? —replicó ella mirándole y entornando los ojos.
—Es el policía —dijo Seona Grieve—. Quien tiene que... —añadió sin poder terminar la frase, lanzó un suspiro.
Lorna Grieve resopló y señaló a Derek Linford, que, sentado al lado de la madre del difunto, Alicia, se inclinaba en aquel momento sobre ella y le apoyaba la mano en la espalda.
—El agente que investiga el asesinato de Roddy es aquél —comentó Lorna dando un apretón en el hombro a su cuñada—. Es con ése con quien debemos tratar y no con este mono —dijo con una mirada final a Rebus.
Rebus la vio acercarse a las sillas pero la viuda permaneció a su lado balbuciendo alguna cosa ininteligible en voz baja.
—Lo siento —repitió ella.
Rebus asintió con la cabeza y sonrió mientras acudían a su mente diversas respuestas tópicas, pero se frotó la frente borrándolas.
—¿Quiere usted interrogarnos? —preguntó ella.
—Cuando les venga bien.
—Roddy no tenía enemigos... que yo sepa —añadió ella como si hablase consigo misma—. Es lo que siempre preguntan en la tele, ¿no?
—Habrá que investigar —comentó Rebus, que no apartaba los ojos de Lorna Grieve, ahora en cuclillas delante de su madre.
También Linford la miraba sin perderse ningún detalle. En aquel momento se abrió la puerta y asomó por ella una cabeza.