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—Eso es cosa mía —dijo Cafferty con un guiño—. Vamos a dar ese paseo. Deje una nota en la puerta diciendo a las modelos que la fiesta se retrasa una hora.
—No les va a gustar. Ya sabes cómo son las modelos.
—Caras y desnutridas, ¿no? Todo lo contrario que usted, inspector Rebus.
—Ja, ja.
—Cuidado dónde pone el pie —dijo Cafferty— que en esta época del año una fractura tarda mucho en curar.
Habían echado a andar charlando y Rebus se sorprendió al advertir que había vuelto a coger las bolsas. Llegaron junto al Jaguar y Cafferty abrió la puerta y se sentó al volante con un movimiento ágil ensayado. Rebus permaneció quieto un instante. Era Nochevieja, último día del año, momento de pagar deudas y hacer inventario... Un día para liquidar asuntos.
Subió al coche.
—Deje la priva en el asiento de atrás —dijo Cafferty—. En la guantera hay una petaca con Armagnac reserva de veinticinco años. Pruébelo y verá. Es capaz de volver pagano al cabrón de san Juan Bautista.
Pero Rebus optó por coger de una de sus bolsas una botella de Macallan.
—Prefiero mi marca —dijo.
—Tampoco es mal caldo. Eche un poco de aliento a este lado para que yo al menos lo huela —replicó Cafferty, haciendo un gran esfuerzo para no ofenderse; le dio al contacto.
El Jaguar ronroneó como un gato grande y se puso en marcha mientras ellos miraban por la ventanilla como dos amigos que salen de excursión. Fueron en dirección sur hasta Grange y Blackford Hill para a continuación ir al este hacia la costa. Rebus le explicó el pacto que habían suscrito los dos amigos con el malvado Bryce Callan, pacto que había desembocado en un asesinato, y las circunstancias en que Hastings aguardó en vano el regreso de su amigo, viviendo como un mendigo para que no le descubrieran, ¿o quizá en penitencia por su acto? De todo aquello había sido testigo Barry Hutton, ahora convertido en próspero hombre de negocios, quien, al ver la oportunidad de hacer una buena fortuna y adquirir más fama, había repetido la jugada de veinte años atrás, para que su hombre en el ayuntamiento fuese su valedor en el Parlamento.
Cuando concluyó la historia Cafferty se quedó pensativo.
—Un Parlamento sucio antes de iniciar sus tareas —comentó.
—Puede —replicó Rebus llevándose de nuevo la botella a los labios.
Vio que iban en dirección Portobello; tal vez para aparcar junto al puerto y hablar con las ventanillas abiertas. Pero Cafferty tomó por Seafield Road en dirección Leith.
—Hay por aquí unos terrenos que pienso comprar —dijo—. Tengo ya los planos y el constructor Peter Kirkwall ha calculado el coste.
—¿De qué?
—De un complejo lúdico... Restaurante, con un cine o un gimnasio tal vez, y pisos de lujo.
—Kirkwall trabaja con Barry Hutton.
—Lo sé.
—Y sin lugar a dudas Hutton se enterará.
Cafferty se encogió de hombros.
—Eso es algo que tengo previsto —replicó con una sonrisa enigmática—. Me han dicho que esos terrenos cerca del lugar en que construyen el Parlamento se vendieron hace cuatro años por tres cuartos de millón. ¿Sabe cuánto valen ahora? Cuatro millones. ¡Menuda inversión!