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—¿No es así?
—¿Iba a confesártelo de ser cierto?
—Imagino que no. Lo que no sé es si no será una especie de... prueba.
Rebus se levantó sin haber tocado el café.
—Eres muy suspicaz —dijo—. Eso es bueno para delimitar territorios.
—¿Qué territorios?
Pero Rebus se contentó con hacerle un guiño y se alejó con las manos en los bolsillos. Linford permaneció sentado, tamborileando con los dedos en la mesa; luego, apartó la tostada, se levantó y se dirigió a la mesa de los dos agentes de la Brigada Criminal.
—¿Les importa que me siente?
Claverhouse le señaló una silla libre.
—Los amigos de John Rebus... —empezó a decir.
—... es muy probable que vengan a pedir algún maldito favor —apostilló Ormiston.
Linford estaba en el BMW, en el único espacio que encontró para aparcar delante de la Torre Hutton. Era la hora del almuerzo y una riada de empleados salió del edificio para regresar momentos después con bolsas de bocadillos y latas de refrescos. Algunos se quedaron en la escalinata a fumar los cigarrillos que no podían fumar dentro. Le había costado encontrar aquel sitio después de meterse por un receso sin asfaltar en el que un cartel indicaba: aparcamiento reservado al personal; pero él se había metido en el hueco libre sin pensárselo dos veces.
Salió del coche y comprobó si los neumáticos estaban bien después de aquel periplo por los baches. Los pasos de rueda estaban salpicados de barro gris. Lavaría el coche al final del día. Volvió a sentarse al volante contemplando a los empleados con sus bocadillos, los panecillos y la fruta y lamentando no haberse comido la tostada del desayuno. Claverhouse y Ormiston le habían acompañado a sus dependencias de la Brigada pero el único resultado de la investigación sobre Hutton eran unas simples multas de aparcamiento y el dato de que su madre era hermana de Bryce Edwin Callan.
Sí, Rebus le había dicho que no había manera de hacer aquella indagación en secreto y que tendría que decir quién era y lo que quería. Era imposible entrar en el edificio a interrogar a todos los empleados. Aunque no tuviera nada que ocultar, a Hutton no le haría ninguna gracia, preguntaría a cuento de qué venía aquello y si le decía sus motivos se negaría de plano a hablar y llamaría a su abogado, a los periódicos, los de derechos civiles...
Pensándolo bien, una pesquisa así iba a ser una pérdida de tiempo, un invento de Rebus, o tal vez de Siobhan, para castigarle. Si se buscaba líos, los únicos beneficiados serían ellos.
De todos modos...
De todos modos, ¿no se lo merecía? ¿Le perdonarían si cumplía la misión? No, al edificio no iba a entrar, pero haría vigilancia y se fijaría en todos los empleados que salieran. Valía la pena dedicar la tarde a ello. Si salía, el propio Hutton le seguiría, porque si el asesino de Grieve no trabajaba allí, siempre existía la posibilidad de que fuera a verse con Hutton.