Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—¿Piensas que a Linford le han despreciado muchas veces?

—Quizá —respondió ella reflexiva—. Aunque estaba pensando más bien en el violador, en el hecho de que al parecer elige en concreto esas noches para solteros.

Rebus reflexionó al respecto.

—¿Porque hubo alguna que le rechazó?

—O porque su mujer o su novia fueron a uno...

—¿Y ligaron? —dijo Rebus asintiendo con la cabeza.

—Bueno, desde luego yo ya no me encargo de ese caso... —añadió Siobhan haciendo también un gesto afirmativo.

—Sí, Siobhan, pero quien lo lleve ahora habrá indagado en los clubes de solteros.

—Sí, pero no habrá interrogado a las mujeres con compañeros celosos.

—Muy acertado. Otra tarea para mañana.

—Sí —dijo ella cogiendo el hervidor—, en cuanto tenga cuatro palabritas con nuestro querido Derek.

—¿Y si lo niega?

—Tengo testigos, John —replicó ella mirándole por encima del hombro—. Estás tú.

—No, estoy yo más las sospechas por tu parte, que no es lo mismo.

—¿Qué quieres decir?

—Essabido que Linford y yo no nos llevamos nada bien. Y ahora si voy yo y digo que le he visto espiándote... No sabes cómo son en Fettes, Siobhan.

—¿Barren para casa?

—Puede que sí, puede que no, pero desde luego se lo pensarán más de dos veces antes de creerse lo que diga Rebus sobre un futuro jefe de policía.

—¿Por eso no me lo dijiste?

—Quizá.

—¿Cómo tomas el café? —preguntó ella dándole otra vez la espalda.

—Solo.

El apartamento de Derek Linford tenía vistas al valle Dean y a la costa de Leith. Lo consiguió con una hipoteca en muy buenas condiciones valiéndose de su posición en Fettes, pero, en cualquier caso, los pagos eran importantes y, además, tenía que pagar el BMW. Tenía mucho que perder.

Nada más llegar, sudoroso, se quitó la chaqueta y la camisa. Lo había visto por la ventana y llamado por teléfono. El había echado a correr, conduciendo como loco, subió los escalones de su piso de dos en dos... y su teléfono estaba sonando. Se abalanzó a cogerlo, pensando que sería Siobhan. «¡Habrá notado que la observaban y habrá decidido llamarme para que la ayude!» Pero la línea se cortó y al comprobar quién llamaba vio que era el número de ella. La llamó inmediatamente pero no contestaba.

Estaba junto a la ventana temblando, ajeno al paisaje que se divisaba... «¡Sabe que soy yo!» No podía pensar otra cosa. No le había llamado para pedir ayuda; habría llamado a Rebus. Claro, y Rebus se lo había contado. Naturalmente.

—Lo sabe —dijo en voz alta–Lo sabe, lo sabe, lo sabe.

Cruzó el cuarto de estar y volvió sobre sus pasos dándose puñetazos en la palma de la mano.

Tenía mucho que perder.

—No —dijo otra vez negando con la cabeza y procurando serenarse. No pensaba perder lo que tenía. Por nada ni por nadie. Era todo cuanto había logrado al cabo de tantos años de trabajo, largas noches, fines de semana, cursillos y estudios.

—No —repitió—, nadie me lo va a quitar. No sin luchar a brazo partido.