Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

También estaba el marido de Lorna, si bien la mayor parte del tiempo no se había apartado de la puerta con el móvil pegado a la oreja. Resultaba ridículo de espaldas, demasiado barrigón para aquel traje de lino color crema, con los zapatos negros puntiagudos. Y la coleta gris, a la vista de la cual Cammo soltó la carcajada.

—¿Te nos has vuelto New Age, Hugh, o es que te dedicas a la lucha libre?

—Vete a la mierda, Cammo.

En los setenta y los ochenta Hugh Cordover había sido una estrella del rock, pero entonces era productor y manager de un grupo musical, aunque no salía tanto en los periódicos como su hermano Richard, un abogado de Edimburgo. Había conocido a Lorna en el tramo final de su carrera de modelo al señalarle un asesor que tenía dotes de cantante. Ella llegó tarde y borracha a la primera cita en el estudio de grabación y Hugh le abrió la puerta, le tiró un vaso de agua a la cara y le dijo que volviera sobria. No volvió hasta casi dos semanas más tarde, pero en esa segunda ocasión fueron juntos a cenar y trabajaron en el estudio hasta el amanecer.

Aún había gente que reconocía a Hugh por la calle pero no era gente importante. Hugh Cordover vivía ahora de su «biblia», una abultada agenda de cuero, con la que paseaba de arriba abajo por el restaurante con el móvil entre el hombro y la mejilla, arreglando entrevistas, siempre entrevistas. Lorna le miró por encima del vaso mientras su madre pedía que encendieran las luces.

—Vaya oscuridad más horrorosa. ¿Debo suponer que es para recordarme la tumba?

—Sí, Roddy, ocúpate tú, haz el favor —dijo Cammo arrastrando las palabras—. Al fin y al cabo fue idea tuya —añadió mirando el local con el mayor desdén del mundo; pero en aquel momento aparecieron los fotógrafos, uno convocado por Roddy y otro de una revista del corazón, Cordover regresó a la mesa y el clan Grieve en pleno esgrimió una sonrisa.

Roddy Grieve no había previsto caminar toda la Royal Mile, y tenía, al efecto, dos taxis esperando a la puerta del Holiday Inn. Pero no hubo manera de convencer a su madre.

—¡Por Dios bendito!, ¿no era un paseo? ¡Pues vamos a pasear!

Y echó a andar la primera apoyándose en su bastón, dos tercios de afectación y un tercio de lamentable necesidad, dejando atrás a Roddy pagando a los taxistas. Cammo se inclinó junto a él.

—Tú siempre exageras —dijo en una muy aceptable imitación de su madre.

—Vete a la mierda, Cammo.

—Ojalá pudiese, querido hermano, pero falta mucho aún para el próximo tren hacia la civilización —dijo consultando aparatosamente el reloj—. Además es el cumpleaños de madre y quedaría desolada si yo partiera de repente.

Comentario que, muy a su pesar, Roddy pensó que respondía a la verdad.

—Volverá a lesionarse el tobillo —dijo Seona viendo a su suegra bajar la cuesta con aquel peculiar andar pesado que atraía las miradas.