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—Vaya, gracias.
—De hecho, esta tarde ha sucedido algo increíble —dijo él volviendo a cogerla del brazo y guiándola de nuevo hacia el interior del club—. Anda, ayúdame a llevar una ronda y te lo cuento.
—Es un gilipollas.
—Puede, pero es un gilipollas encantador —comentó Clarke.
John Rebus, sentado en el sillón, con el oído pegado al teléfono inalámbrico, estaba junto a la ventana sin cortinas. Los postigos estaban aún abiertos. Tenía apagadas las luces del cuarto de estar y sólo alumbraba el vestíbulo una bombilla de sesenta vatios, pero el fulgor naranja de las farolas de la calle bañaba la habitación.
—¿Dónde dijiste que lo encontraste?
—No lo he dicho —Rebus pudo oír la sonrisa en su voz.
—Qué misterioso.
—Poca cosa comparado con tu esqueleto.
—No es un esqueleto. Está arrugado como una momia —dijo con una risa breve y triste—. Pensé que el arqueólogo me iba a saltar a los brazos.
—¿Qué impresión tenéis?
—Los de la científica han acordonado el lugar y el lunes Curt y Gates harán la autopsia a Mojama.
—¿Mojama?
Rebus vio un coche que circulaba buscando sitio para aparcar.
—Es el nombre que le puso Bobby Hogan. De momento lo llamamos así.
—¿No encontrasteis nada en el cadáver?
—Sólo tenía lo puesto, unos vaqueros desgastados y una camiseta de los Rolling Stones.
—Ha sido una suerte tener allí un experto.
—Si te refieres a un dinosaurio rockero te lo tomo como un cumplido. La camiseta, efectivamente, era la portada de Some Girls, un disco del setenta y ocho.
—¿No hay ningún otro indicio para datar el cadáver?
—No llevaba nada en los bolsillos, tampoco anillos o reloj —consultó el suyo y vio que eran las dos, pero ella sabía que podía llamarle porque estaría despierto.
—¿Qué disco es ése que suena? —preguntó ella.
—Es la cinta que me diste.
—¿Blue Nile? Vaya con el dinosaurio. ¿Qué te parece?
—A mi entender, te dejas impresionar demasiado por el señor sabelotodo.
—Me encanta que te pongas paternalista.
—A ver si te doy una azotaina sobre mis rodillas.
—Cuidado, inspector, que actualmente por una cosa así puedes perder el empleo.
—¿Vamos mañana al partido?
—¡Para castigo nuestro! Te tengo reservada la bufanda verde y blanca.
—No olvidaré llevar el mechero. ¿Quedamos alas dos en Mather's?
—Allí te esperaré.
—Siobhan, en tu investigación de esta noche...
—Dime.
—¿Has resuelto algo?
—No —contestó. De pronto su voz sonó cansada—. Nada en absoluto.
Rebus dejó el teléfono y llenó el vaso de whisky. «Esta noche en plan fino, John», se dijo, pues últimamente bebía muchas veces ya directamente de la botella. Tenía el fin de semana por delante y como único plan un partido de fútbol. El cuarto de estar estaba lleno de sombras y espirales de humo de tabaco; seguía pensando en vender el piso y buscar otro con menos fantasmas, que eran su única compañía: colegas muertos, víctimas, relaciones finalizadas. Volvió a coger la botella pero estaba vacía. Se puso en pie y sintió que se balanceaba. Pensó que tenía una botella en la bolsa de compra que había debajo de la ventana, pero la bolsa estaba vacía y arrugada. Miró por la ventana y vio el reflejo de su rostro ceñudo. ¿No se habría quedado una botella en el coche? ¿Cuántas había subido, dos o una? Le vinieron al pensamiento una docena de sitios donde tomar una copa aunque fuesen ya las dos. La ciudad, su ciudad, estaba allí fuera a su disposición, a la espera de mostrarle su negro y consumido corazón.