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Oyó descorrerse el pestillo de la cabina y reapareció Sandra.
—Ya era hora —comentó una de la cola—. Pensaba que estabas con un tío.
—Los tíos sólo los tengo para que me limpien el culo —replicó Sandra como quien no le da importancia, pero con la voz forzada; se acercó al espejo a retocarse el maquillaje. Había llorado y tenía los ojos enrojecidos.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Clarke.
—Peor podría haber sido si me hubiera dejado preñada, claro —replicó mirándose en el espejo.
El violador utilizó condón y no había quedado semen para analizar. Hicieron ruedas de identificación con delincuentes sexuales y Sandra repasó los libros de fotos de la policía, toda una galería de misoginia. Algunas mujeres con sólo ver aquellas caras tendrían pesadillas. Desaliñados, y de facciones vacuas, ojos mortecinos y mandíbulas flojas. Algunas víctimas, al repasar la colección, hacían el curioso comentario que Clarke resumía aproximadamente en la frase de «míralos, ¿cómo nos habremos dejado hacer eso si los débiles parecen ellos?».
Sí, débiles cuando les fotografiaban, débiles por vergüenza o cansancio, o por fingida sumisión, pero fuertes en el momento decisivo de la agresión. Pero lo cierto era que la mayoría actuaba en solitario, por lo que aquel segundo hombre, el cómplice... Siobhan estaba intrigada. ¿Qué sacaba él?
—¿Has visto alguno que te guste? —preguntó Sandra con labios temblorosos mientras se ponía carmín.
—No.
—¿Te espera alguien en casa?
—Sabes que no.
—Yo sólo sé lo que tú me has dicho —replicó Sandra sin dejar de mirarse en el espejo.
—Te he dicho la verdad.
Fue durante una larga conversación en la que Clarke, apartándose del protocolo, se confió a Sandra, contestando a sus preguntas prescindiendo de su espíritu profesional para sincerarse. Había comenzado siendo un recurso, una treta para conseguir la colaboración de Sandra en el caso, pero derivó en algo más, algo real. Clarke se había explayado mucho más de lo debido. Y ahora parecía que a Sandra no le convencía. ¿Desconfiaba de ella porque era policía o es que Clarke se había convertido en parte del problema, era sólo alguien más en quien Sandra no podía confiar plenamente? Al fin y al cabo, antes de la violación eran dos desconocidas y nunca habrían intimado de no ser por esa circunstancia. Clarke había acudido al Marina fingiéndose amiga de Sandra; otra falsedad. No eran amigas y probablemente no lo serían nunca. Su único vínculo era una agresión despiadada, y a los ojos de Sandra ella siempre le traería al recuerdo aquella noche, una noche que ella quería olvidar.
—¿Cuánto vamos a quedarnos? —preguntó Sandra.
—Lo que tú quieras. Nos vamos cuando digas.
—Pero si nos marchamos pronto a lo mejor no lo vemos.
—No es culpa tuya, Sandra. A saber dónde estará. Yo pensé que valía la pena probar.
—Esperemos media hora más —dijo Sandra dando la espalda al espejo y consultando el reloj—. Le prometí a mi madre volver a casa a las doce.
Clarke asintió con la cabeza y siguió a Sandra a aquella oscuridad surcada por los fogonazos de los proyectores como si en sus descargas concentraran toda la energía del local.