Chapters (2)
Echo de menos al James capullo. El James que se follaba a una chica y le enseñaba la grabación al
novio de ésta una hora después. Este James preocupado por mi salud es irritante de cojones.
—Sí, Hardin, tiene razón —interviene Janine, escondiendo el whisky detrás de su espalda.
—¡Vale! ¡Joder! —refunfuño.
Agarro mis llaves y el teléfono y salgo del apartamento. Cojo una camiseta del asiento trasero del
coche de alquiler y me la pongo antes de dirigirme al hospital.
La sala de espera del hospital está llena de niños ruidosos, y no me queda más remedio que sentarme
en el único asiento vacío, que está al lado de un vagabundo que no para de lloriquear porque lo han
atropellado en un pie.
—¿Cuánto tiempo lleva esperando? —le pregunto al hombre.
Huele a basura, pero no soy quién para hablar, porque probablemente yo huela peor que él. Me
recuerda a Richard, y me pregunto cómo le irá en rehabilitación. El padre de Tessa está en rehabilitación,
y aquí estoy yo, ahogándome en licor y nublando mi mente con cantidades ingentes de hierba y alguna
que otra pastilla de Mark. El mundo es un lugar increíble.
—Dos horas —responde el hombre.
—Joder —farfullo para mis adentros, y me quedo mirando la pared.
Debería haber imaginado que no era buena idea venir aquí a las ocho de la tarde.
Treinta minutos después, llaman a mi compañero sin techo y siento un gran alivio al poder respirar de
nuevo por la nariz.
—Mi prometida está de parto —anuncia un hombre cuando entra en la sala.
Viste una camisa cuidadosamente planchada y unos caquis. Me resulta extrañamente familiar.
Cuando una mujer morena, menuda y muy embarazada aparece por detrás de él, me hundo en la silla
de plástico. ¿Cómo no? Tenía que estar borracho y en el hospital para que me miren la mano rota justo
en el momento en que ella se pone de parto y llega también.
—¿Puede ayudarnos alguien? —dice el hombre, paseando histérico de un lado a otro—. ¡Necesita
una silla de ruedas! ¡Ha roto aguas hace veinte minutos y tiene contracciones cada cinco!
Sus gritos están poniendo algo nerviosos al resto de los pacientes, pero la mujer embarazada se echa a
reír y coge al hombre de la mano. Así es Natalie.
—Puedo caminar, estoy bien. Tranquilo.
Natalie le explica a la enfermera que su novio, Elijah, se preocupa sin motivo. Él continúa
paseándose, pero ella permanece relajada, casi como una azafata. Me echo a reír en mi asiento, y Natalie
se vuelve y me pilla mirando.
Una enorme sonrisa se dibuja en su rostro.
—¡Hardin! ¡Qué coincidencia! —¿Es ése el brillo de las mujeres embarazadas del que todo el mundo
habla?
—Hola —digo, y miro a todas partes menos a la cara de su novio.