Chapters (2)
Cuando consigo dormirme de nuevo, horas más tarde, me enfrento a otro sueño. Empieza igual,
conmigo llegando a ese apartamento, pero esta vez no hay nadie en casa.
CAPÍTULO 18
Hardin
—Aún no me has dejado que termine lo que empecé el domingo. —Janine se inclina sobre mí y
apoya la cabeza en mi hombro.
Yo me desplazo un poco en el sofá para apartarme, pero ella se lo toma como una señal de que tal
vez quiera que nos tumbemos juntos o algo, y se acerca a mí de nuevo.
—Ya; no, gracias —digo rechazándola por enésima vez en los últimos cuatro días.
¿De verdad han pasado sólo cuatro días?
«Joder.»
El tiempo tiene que pasar más deprisa, o no sé si sobreviviré.
—Necesitas relajarte. Y yo puedo ayudarte a hacerlo. —Sus dedos recorren mi espalda desnuda.
Llevo días sin ducharme y sin ponerme una camiseta. No he podido volver a ponerme la puta prenda
después de que Janine la llevara. Olía a ella, no a mi ángel.
Maldita seas, Tessa. Me estoy volviendo loco. Siento cómo las bisagras que mantienen mi mente de
una pieza se fuerzan y están a punto de romperse por completo.
Esto es lo que pasa cuando estoy sobrio: ella regresa a mi mente. La pesadilla que tuve anoche sigue
atormentándome. Jamás le haría daño, no físicamente. La amaba. Joder, todavía la amo, y siempre la
amaré, pero no hay nada que pueda hacer al respecto.
No puedo pasarme todos los días de mi vida intentando ser perfecto para ella. No soy lo que necesita,
y nunca lo seré.
—Necesito beber —le digo a Janine.
Ella se levanta del sofá lánguidamente y se dirige a la cocina. Pero cuando otro pensamiento
indeseado sobre Tessa me viene a la mente, grito:
—¡Date prisa!
Vuelve al salón con una botella de whisky en la mano, pero se detiene y me lanza una mirada.
—¿Con quién coño te crees que estás hablando? Si vas a comportarte como un capullo, podrías hacer
que al menos mereciera la pena soportarte.
No he salido de este apartamento desde que llegué, ni siquiera para ir al coche a por una muda de
ropa.
—Sigo pensando que tienes la mano rota —dice James cuando entra en el salón, interrumpiendo mis
pensamientos—. Carla sabe lo que se dice. Deberías ir al médico.
—No, estoy bien. —Cierro el puño y estiro los dedos para demostrarlo.
Me encojo y maldigo de dolor. Sé que la tengo rota, pero no quiero hacer nada al respecto. Llevo
cuatro días automedicándome; por unos cuantos más no va a pasar nada.
—De lo contrario, nunca se te va a curar. Ve corriendo y, cuando vuelvas, tendrás la botella para ti
solo —insiste James.