Amor infinito



ÍNDICE
Portada
Aplicación serie AFTER
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Capítulo 78
Capítulo 79
Epílogo
Agradecimientos
Una nota especial de Anna Todd
Nota
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Créditos
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Para todos aquellos que alguna vez han luchado
por alguien o algo en lo que creían
PRÓLOGO
Hardin
Muchas veces en mi vida he tenido la impresión de que que sobro, de que estoy fuera de lugar en el
peor sentido posible. Mi madre lo intentaba, lo intentaba con todas sus fuerzas, pero no era suficiente.
Trabajaba demasiado. Dormía durante el día porque se pasaba toda la noche en pie. Trish lo intentaba,
pero un niño, y más un niño perdido, necesita a su padre.
Yo sabía que Ken Scott era un hombre atormentado, un hombre sin pulir que aspiraba a ser alguien y
al que nunca le impresionaba nada de lo que hacía. El pequeño Hardin —el niño que trataba
patéticamente de impresionar a aquel señor alto cuyos gritos y tambaleos inundaban el reducido espacio
de nuestra casucha de mierda— estaría encantado ante la posibilidad de que aquel hombre tan frío no
fuera su padre. Suspiraría aliviado, cogería su libro de la mesa y le preguntaría a su madre cuándo iba a
venir Christian, el señor agradable que le hacía reír y que le recitaba pasajes de libros antiguos.
Pero Hardin Scott, el hombre adulto que lucha contra la adicción y la rabia heredada del vergonzoso
padre que le fue impuesto, está furioso de la hostia. Me siento traicionado, confundido y cabreado de
cojones. No tiene sentido. No es posible que este típico culebrón televisivo de padres intercambiados me
esté pasando a mí en la vida real. Recuerdos que había enterrado resurgen a la superficie.
A la mañana del día siguiente de que una de mis redacciones fuese seleccionada para el periódico
local, oí cómo mi madre decía con orgullo y ternura al teléfono: «Sólo quería que supieras que Hardin es
brillante. Como su padre».
Eché un vistazo al pequeño salón. El hombre de pelo oscuro que estaba inconsciente en el sillón con
una botella de licor marrón a sus pies no era brillante. «Es un puto desastre», pensé al ver que se
despertaba, y mi madre colgó rápidamente el teléfono. Hubo numerosas situaciones de este tipo,
demasiadas como para contarlas, y yo era demasiado estúpido, demasiado joven para entender por qué
Ken Scott era tan distante conmigo, por qué nunca me abrazaba como solían hacerlo los padres de mis
amigos con sus hijos. Jamás jugaba al béisbol conmigo ni me enseñó nada más que cómo ponerse ciego
de alcohol.
¿Pasé por todo aquello para nada? ¿De verdad Christian Vance es mi padre real?
La habitación me da vueltas. Miro fijamente al hombre que supuestamente me engendró y algo en sus
ojos verdes y en la línea de su mandíbula me resulta familiar. Veo cómo le tiemblan las manos al apartarse
el pelo de la frente y me quedo helado al darme cuenta de que yo estoy haciendo exactamente lo mismo.
CAPÍTULO 1
Tessa
—Eso es imposible.
Me levanto, pero al instante vuelvo a sentarme en el banco al sentir que el césped parece moverse
bajo mis pies de manera inestable.
El parque se está llenando de gente; de familias con niños cargados de globos y regalos a pesar del
frío que hace.
—Es verdad. Hardin es hijo de Christian —dice Kimberly con sus ojos azules brillantes fijos en un
punto.
—Pero Ken… Hardin es clavado a él.
Recuerdo la primera vez que vi a Ken Scott, en una yogurtería. Supe de inmediato que era el padre
de Hardin; su cabello oscuro y su estatura me llevaron en el acto a esa fácil conclusión.
—¿Tú crees? Yo, aparte del color del pelo, no les veo el parecido. Hardin tiene los ojos de Christian y
la misma estructura facial.
«¿En serio?» Me cuesta visualizar los tres rostros. Christian tiene hoyuelos, como Hardin, y los
mismos ojos…, pero esto no tiene sentido: Ken Scott es el padre de Hardin; ha de serlo. Christian parece
tan joven comparado con Ken… Sé que son de la misma edad, pero el alcoholismo de este último causó
estragos en su aspecto. No deja de ser un hombre atractivo, pero salta a la vista que el licor lo ha
envejecido.
—Esto es… —Me cuesta encontrar las palabras, y también el aire.
Kimberly me mira como disculpándose.
—Lo sé. Me moría por contártelo. Detestaba tener que ocultártelo, pero no me correspondía a mí
revelarlo. —Coloca la mano sobre la mía y me la aprieta suavemente—. Christian me prometió que, en
cuanto Trish le diera permiso, él mismo se lo contaría a Hardin.
—Es que… —Inspiro hondo—. ¿Es eso lo que está haciendo Christian? ¿Se lo está contando a
Hardin en este momento? —Me levanto de nuevo y dejo caer la mano de Kimberly—. Tengo que ir con
él. Va a…
Ni siquiera puedo imaginar la reacción de Hardin ante esa noticia, especialmente después de haber
sorprendido a Trish y a Christian juntos anoche. Esto será demasiado para él.
—Así es. —Kim suspira—. Trish no estaba del todo de acuerdo, pero según Christian empezaba a
dejarse convencer, y las cosas se estaban desmadrando.
Mientras saco mi teléfono, mi único pensamiento es que no me cabe en la cabeza que Trish le
ocultase esto a Hardin. La tenía en mucha mejor consideración como madre, y ahora me da la sensación
de que no conozco a esa mujer.
Cuando ya tengo el móvil pegado a la oreja y la línea de Hardin empieza a sonar, Kimberly dice:
—Le dije a Christian que debíais estar juntos cuando fuese a contárselo, pero Trish le aconsejó que
estuvieran a solas si lo hacía…
Kimberly aprieta los labios, echa una ojeada al parque y después levanta la vista al cielo.
Me salta el tono monótono del buzón de voz de Hardin. Llamo de nuevo mientras mi amiga aguarda
en silencio, pero sólo consigo que el buzón de voz salte por segunda vez. Me meto el móvil en el bolsillo
trasero y empiezo a retorcerme las manos.
—¿Puedes llevarme hasta él, Kimberly? Por favor.
—Sí. Por supuesto. —Se pone de pie y llama a Smith.
Al ver al pequeño corriendo hacia nosotras con lo que sólo puedo describir como andares de
mayordomo de dibujos animados, de repente caigo en el hecho de que Smith es hijo de Christian… y
hermano de Hardin. Hardin tiene un hermanito. Y entonces pienso en Landon… ¿Cómo afectará esto a la
relación entre Landon y Hardin? ¿Querrá Hardin tener algún contacto con él ahora que no los une ningún
vínculo familiar? Y ¿qué pasa con la dulce Karen y su deliciosa repostería? Y ¿con Ken? ¿Qué pasa con
el hombre que tanto se está esforzando por enmendar la terrible infancia de un niño que no es su hijo?
¿Sabe que no es su padre? Me va a estallar la cabeza y necesito ver a Hardin. Necesito asegurarme de
que sepa que estoy aquí para él, y que superaremos esto juntos. No puedo ni imaginarme cómo debe de
sentirse en estos momentos; debe de estar terriblemente agobiado.
—¿Smith lo sabe? —pregunto.
Al cabo de unos instantes de silencio, Kimberly responde:
—Creíamos que sí por cómo se comporta con Hardin, pero nadie se lo ha dicho.
Siento lástima por Kimberly. Ya ha tenido que enfrentarse a la infidelidad de su pareja, y ahora esto.
Cuando el pequeño llega junto a nosotras, se detiene y nos observa con una mirada misteriosa, como si
supiese exactamente de qué estábamos hablando. Sé que no puede ser, pero el modo en que se adelanta y
se mete en el coche sin decir ni una palabra me hace dudar.
Mientras recorremos Hampstead en busca de Hardin y de su padre, el pánico no para de subir y bajar
en mi pecho.
CAPÍTULO 2
Hardin
El crujir de la madera partiéndose resuena por todo el bar.
—¡Hardin, para! —grita Vance desde alguna parte; su voz retumba en el local.
Otro chasquido seguido por el ruido de cristal rompiéndose. El sonido me complace y alimenta mi sed
de violencia. Necesito romper cosas, cargarme algo, aunque sea un objeto.
Y lo hago.
Oigo unos gritos que me sacan de mi trance. Me miro las manos y veo el extremo astillado de la pata
de una silla cara. Levanto la vista hacia las expresiones alarmadas de unos desconocidos y busco un único
rostro: el de Tessa. Pero ella no está aquí, y en este momento de rabia no sé si eso es bueno o malo.
Estaría asustada; estaría preocupada por mí, presa del pánico, estresada y chillando mi nombre para
ahogar los gritos que resuenan en mis oídos.
Dejo caer rápidamente el trozo de madera como si me quemara la piel. Y entonces noto que unos
brazos me rodean los hombros.
—¡Sacadlo de aquí antes de que llamen a la policía! —dice Mike gritando más fuerte de lo que lo
había oído jamás.
—¡No me toques! —Me quito a Vance de encima y lo fulmino con una mirada de furia.
—¡¿Quieres ir a la cárcel?! —chilla a tan sólo unos centímetros de mi cara.
Quiero lanzarlo al suelo, agarrarlo del cuello y…
Pero entonces, un par de mujeres gritan y evitan que vuelva a caer en ese agujero negro. Echo un
vistazo al bar pijo y veo los vasos hechos añicos en el suelo, la silla rota y las expresiones de horror de los
clientes que esperan salir ilesos de esta carnicería. Su estupor tarda sólo unos instantes en transformarse
en una tremenda ira dirigida a mí por el hecho de haber interrumpido su costosa búsqueda de la felicidad.
Christian me sigue cuando paso a toda velocidad junto a una camarera y salgo del local.
—Entra en mi coche y te lo explicaré todo —resopla.
Temiendo que la poli aparezca en cualquier momento, le hago caso, pero no sé cómo sentirme ni qué
decir. A pesar de la confesión, mi mente no consigue asimilarlo. Es tan imposible que resulta ridículo.
Me acomodo en el asiento del acompañante mientras él ocupa el del conductor.
—No puedes ser mi padre —digo—. Es imposible. No tiene ningún sentido. —Al reparar en el caro
vehículo de alquiler, me pregunto si Tessa estará tirada en ese maldito parque en el que la he dejado—.
Kimberly tiene coche, ¿verdad?
Vance me mira con expresión de incredulidad.
—Sí, por supuesto que lo tiene.
El suave ronroneo del motor aumenta de intensidad conforme sortea el tráfico.
—Lamento que te hayas enterado de esta manera —suspira Christian—. Todo parecía ir bien durante
un tiempo, pero de repente la cosa empezó a patinar.
Permanezco callado. Sé que perderé los papeles si abro la boca. Mis dedos se clavan en mis piernas y
el ligero dolor me ayuda a mantener la calma.
—Te lo explicaré todo, pero necesito que mantengas la mente abierta, ¿de acuerdo? —Me mira un
instante y veo la compasión en sus ojos.
No quiero que nadie me compadezca.
—¡No me hables como si fuese un puto crío! —replico.
Vance me mira y se centra de nuevo en la carretera.
—Ya sabes que crecí con tu padre, Ken. Fuimos amigos desde muy pequeños.
—No, la verdad es que no tenía ni idea —contesto. Lo fulmino con la mirada y me vuelvo para
contemplar el paisaje que pasa a gran velocidad—. Por lo visto, no tengo ni puta idea de nada.
—Bueno, pues es la verdad. Nos criamos casi como si fuéramos hermanos.
—Y entonces ¿te tiraste a su mujer? —digo interrumpiendo su idílica historia.
—Oye —responde prácticamente rugiendo y agarrando con tanta fuerza el volante que los nudillos se
le han puesto blancos—, estoy intentando explicarte esto, así que déjame hablar, por favor. —Inspira
hondo para calmarse—. Respondiendo a tu pregunta, no fue así como sucedió. Tu madre y Ken
empezaron a salir en el instituto, cuando ella se trasladó a Hampstead. Era la chica más guapa que había
visto en mi vida.
Se me revuelve el estómago al recordar la imagen de la boca de Vance sobre la suya.
—Pero ella se enamoró de Ken al instante. Pasaban cada segundo del día juntos, como Max y
Denise. Podría decirse que los cinco formábamos un grupito. —Christian suspira, sumido en el ridículo
recuerdo, y su voz se torna distante—. Era una mujer despierta e inteligente y estaba loca por tu padre…
Joder. No voy a ser capaz de dejar de referirme a él de ese modo…
Gruñe y golpea el volante con los dedos como para incitarse a sí mismo a proseguir.
—Ken era inteligente. Lo cierto es que era incluso brillante, y cuando entró en la universidad con una
beca completa y admisión anticipada, empezó a estar muy ocupado. Demasiado ocupado para ella.
Pasaba horas y horas en la facultad. Pronto acabamos conformando el grupo nosotros cuatro solos, sin él,
y las cosas entre tu madre y yo… En fin, mis sentimientos por ella se intensificaron muchísimo, y los
suyos por mí se despertaron.
Vance se toma un momento de descanso para cambiar de carril y para accionar la ventilación del
coche, de modo que entre más aire. Éste sigue siendo denso y pesado, y mi mente es un puto torbellino
cuando empieza a hablar de nuevo.
—Yo siempre la quise, y ella lo sabía, pero ella lo quería a él, y él era mi mejor amigo. —Traga saliva