Chapters (2)
que sus ojos suplican a Zed que la ayude con mi intrusión no me pasa desapercibido.
Confundido y sin aliento, me postro de rodillas ante ellos dos. Y al instante siento una mano sobre
mi hombro.
—Lo siento, pero tienes que irte. La estás molestando —me dice Zed con voz suave pero socarrona.
—No puedes hacerme esto —le ruego a Tessa, alargando la mano hacia su barriga preñada.
No puede ser real. Esto no puede ser real.
—Te lo has hecho a ti mismo —dice—. Lo siento, Hardin, pero esto lo has hecho tú.
Zed le frota los brazos para calmarla, y la furia me invade. Hurgo en mi bolsillo y saco mi
mechero. Ninguno de ellos se da cuenta; siguen aferrados el uno a la otra cuando mi pulgar enciende
el fuego. La pequeña llama me resulta familiar, se ha convertido en una nueva amiga, y la acerco hasta
la cortina. Cierro los ojos mientras el rostro de Tessa queda iluminado por las furiosas llamas que
consumen la habitación.
—¡Hardin! —La cara de Mark es lo primero que veo cuando abro los ojos. Se la aparto, salto del
sofá y me caigo al suelo presa del pánico.
Tessa estaba… y yo estaba…
—Menuda pesadilla estabas teniendo, tío. —Mark me mira y sacude la cabeza—. ¿Te encuentras
bien? Estás empapado.
Parpadeo unas cuantas veces y me paso las manos por el pelo mojado. El dolor de la mano me está
matando. Pensaba que las magulladuras habrían mejorado ya, pero no es así.
—¿Estás bien?
—Tengo…
Tengo que salir de aquí. Tengo que ir a alguna parte y hacer algo. La imagen de la habitación en
llamas se me ha grabado en la memoria.
—Tómate esto y vuelve a dormirte; son las cuatro de la mañana. —Mark destapa un frasco de
plástico y me coloca una única pastilla en la sudorosa palma.
Incapaz de articular una palabra, asiento. Me trago la pastilla sin agua y me tumbo de nuevo en el
sofá. Él me mira por última vez para asegurarse de que estoy bien y desaparece de nuevo en su
habitación. Saco el teléfono del bolsillo y me quedo mirando la foto de Tessa.
Sin poder evitarlo, mi dedo se dirige al botón de llamada. Sé que no debería hacerlo, pero tal vez si
oigo su voz, aunque sólo sea una vez, pueda dormir en paz.
—«El número marcado no existe…» —dice en tono frío una voz robótica.
«¿Qué?» Compruebo la pantalla y vuelvo a intentarlo. El mismo mensaje. Una y otra vez.
No puede haber cambiado de número. Ella no haría algo así.
—«El número marcado no existe…» —oigo por décima vez.
Tessa se ha cambiado de número. Se ha cambiado el número de teléfono para que no pueda llamarla.