imposible, pero es igual de imposible conseguir una beca de prácticas remuneradas sin haberse licenciado
antes. Todavía no le he comentado a Kimberly lo de mi traslado. Ella ya tiene bastante con lo suyo en
estos momentos, y acaban de regresar de Londres. Apenas he hablado con ella, sólo nos hemos mandado
algún mensaje de vez en cuando, pero me asegura que me llamará en cuanto las aguas se calmen.
Al introducir la llave en la cerradura de nuestro antiguo apartamento, me doy cuenta de que he
desarrollado un odio por este lugar desde la última vez que estuve aquí, y me cuesta creer que alguna vez
lo amara tanto. Al entrar, veo que hay luz en el salón. Típico de él dejársela encendida antes de un viaje
internacional.
Aunque supongo que hace sólo una semana. El tiempo no corre igual cuando estás en el infierno.
Voy directa al armario del dormitorio a buscar la carpeta que he venido a recoger. No hay motivo para
alargar esto más de lo necesario. La carpeta amarilla de papel manila no está en el estante donde creía
recordar que estaba, de modo que no me queda más remedio que rebuscar entre los montones de cosas
de trabajo de Hardin. Probablemente la metió en el armario sin cuidado alguno mientras intentaba recoger
la desordenada habitación.
Esa vieja caja de zapatos sigue en el estante, y mi curiosidad se apodera de mí. Me estiro para
cogerla, la bajo y me siento con las piernas cruzadas en el suelo. Levanto la tapa y la dejo a un lado. Está
llena de hojas y hojas escritas a mano con su letra. Las líneas no siguen ningún orden completo y cubren
la página entera por delante y por detrás. Algunas de las páginas están escritas a máquina, así que escojo
una de ésas y empiezo a leer.
Me desgarra usted el alma. Estoy entre la agonía y la esperanza. No me diga que es demasiado
tarde, que tan preciosos sentimientos han desaparecido para siempre. Me ofrezco a usted nuevamente
con un corazón que es aún más suyo que cuando casi lo destrozó hace ocho años y medio. No se
atreva a decir que el hombre olvida más prontamente que la mujer, que su amor muere antes. No he
amado a nadie más que a usted.
Reconozco al instante las palabras de Austen. Leo unas cuantas páginas y reconozco cita tras cita,
mentira tras mentira, de modo que decido coger una de las páginas escritas a mano.
Ese día, el quinto día, fue cuando empecé a sentir la opresión en el pecho. Un recordatorio
constante de lo que había hecho y de lo que seguramente había perdido. Debería haberla llamado ese
día mientras miraba sus fotos. ¿Estará ella mirando fotos mías? Que yo sepa, sólo tiene una, y de
repente desearía haber dejado que me hiciera más. El quinto día fue cuando arrojé el móvil contra la
pared con la esperanza de hacerlo estallar, pero sólo conseguí rajarle la pantalla. El quinto día fue