atormentándome. Jamás le haría daño, no físicamente. La amaba. Joder, todavía la amo, y siempre la
amaré, pero no hay nada que pueda hacer al respecto.
No puedo pasarme todos los días de mi vida intentando ser perfecto para ella. No soy lo que necesita,
y nunca lo seré.
—Necesito beber —le digo a Janine.
Ella se levanta del sofá lánguidamente y se dirige a la cocina. Pero cuando otro pensamiento
indeseado sobre Tessa me viene a la mente, grito:
—¡Date prisa!
Vuelve al salón con una botella de whisky en la mano, pero se detiene y me lanza una mirada.
—¿Con quién coño te crees que estás hablando? Si vas a comportarte como un capullo, podrías hacer
que al menos mereciera la pena soportarte.
No he salido de este apartamento desde que llegué, ni siquiera para ir al coche a por una muda de
ropa.
—Sigo pensando que tienes la mano rota —dice James cuando entra en el salón, interrumpiendo mis
pensamientos—. Carla sabe lo que se dice. Deberías ir al médico.
—No, estoy bien. —Cierro el puño y estiro los dedos para demostrarlo.
Me encojo y maldigo de dolor. Sé que la tengo rota, pero no quiero hacer nada al respecto. Llevo
cuatro días automedicándome; por unos cuantos más no va a pasar nada.
—De lo contrario, nunca se te va a curar. Ve corriendo y, cuando vuelvas, tendrás la botella para ti
solo —insiste James.
Echo de menos al James capullo. El James que se follaba a una chica y le enseñaba la grabación al
novio de ésta una hora después. Este James preocupado por mi salud es irritante de cojones.
—Sí, Hardin, tiene razón —interviene Janine, escondiendo el whisky detrás de su espalda.
—¡Vale! ¡Joder! —refunfuño.
Agarro mis llaves y el teléfono y salgo del apartamento. Cojo una camiseta del asiento trasero del
coche de alquiler y me la pongo antes de dirigirme al hospital.
La sala de espera del hospital está llena de niños ruidosos, y no me queda más remedio que sentarme
en el único asiento vacío, que está al lado de un vagabundo que no para de lloriquear porque lo han
atropellado en un pie.
—¿Cuánto tiempo lleva esperando? —le pregunto al hombre.
Huele a basura, pero no soy quién para hablar, porque probablemente yo huela peor que él. Me
recuerda a Richard, y me pregunto cómo le irá en rehabilitación. El padre de Tessa está en rehabilitación,
y aquí estoy yo, ahogándome en licor y nublando mi mente con cantidades ingentes de hierba y alguna
que otra pastilla de Mark. El mundo es un lugar increíble.
—Dos horas —responde el hombre.
—Joder —farfullo para mis adentros, y me quedo mirando la pared.
Debería haber imaginado que no era buena idea venir aquí a las ocho de la tarde.
Treinta minutos después, llaman a mi compañero sin techo y siento un gran alivio al poder respirar de
nuevo por la nariz.
—Mi prometida está de parto —anuncia un hombre cuando entra en la sala.