Back Amor infinito Save as PDF

consumen la habitación.

—¡Hardin! —La cara de Mark es lo primero que veo cuando abro los ojos. Se la aparto, salto del

sofá y me caigo al suelo presa del pánico.

Tessa estaba… y yo estaba…

—Menuda pesadilla estabas teniendo, tío. —Mark me mira y sacude la cabeza—. ¿Te encuentras

bien? Estás empapado.

Parpadeo unas cuantas veces y me paso las manos por el pelo mojado. El dolor de la mano me está

matando. Pensaba que las magulladuras habrían mejorado ya, pero no es así.

—¿Estás bien?

—Tengo…

Tengo que salir de aquí. Tengo que ir a alguna parte y hacer algo. La imagen de la habitación en

llamas se me ha grabado en la memoria.

—Tómate esto y vuelve a dormirte; son las cuatro de la mañana. —Mark destapa un frasco de

plástico y me coloca una única pastilla en la sudorosa palma.

Incapaz de articular una palabra, asiento. Me trago la pastilla sin agua y me tumbo de nuevo en el

sofá. Él me mira por última vez para asegurarse de que estoy bien y desaparece de nuevo en su

habitación. Saco el teléfono del bolsillo y me quedo mirando la foto de Tessa.

Sin poder evitarlo, mi dedo se dirige al botón de llamada. Sé que no debería hacerlo, pero tal vez si

oigo su voz, aunque sólo sea una vez, pueda dormir en paz.

—«El número marcado no existe…» —dice en tono frío una voz robótica.

«¿Qué?» Compruebo la pantalla y vuelvo a intentarlo. El mismo mensaje. Una y otra vez.

No puede haber cambiado de número. Ella no haría algo así.

—«El número marcado no existe…» —oigo por décima vez.

Tessa se ha cambiado de número. Se ha cambiado el número de teléfono para que no pueda llamarla.

Cuando consigo dormirme de nuevo, horas más tarde, me enfrento a otro sueño. Empieza igual,

conmigo llegando a ese apartamento, pero esta vez no hay nadie en casa.

CAPÍTULO 18

Hardin

—Aún no me has dejado que termine lo que empecé el domingo. —Janine se inclina sobre mí y

apoya la cabeza en mi hombro.

Yo me desplazo un poco en el sofá para apartarme, pero ella se lo toma como una señal de que tal

vez quiera que nos tumbemos juntos o algo, y se acerca a mí de nuevo.

—Ya; no, gracias —digo rechazándola por enésima vez en los últimos cuatro días.

¿De verdad han pasado sólo cuatro días?

«Joder.»

El tiempo tiene que pasar más deprisa, o no sé si sobreviviré.

—Necesitas relajarte. Y yo puedo ayudarte a hacerlo. —Sus dedos recorren mi espalda desnuda.

Llevo días sin ducharme y sin ponerme una camiseta. No he podido volver a ponerme la puta prenda

después de que Janine la llevara. Olía a ella, no a mi ángel.

Maldita seas, Tessa. Me estoy volviendo loco. Siento cómo las bisagras que mantienen mi mente de

una pieza se fuerzan y están a punto de romperse por completo.

Esto es lo que pasa cuando estoy sobrio: ella regresa a mi mente. La pesadilla que tuve anoche sigue