Lo digo en serio —amenazo.
Janine farfulla algo entre dientes, y Mark se ríe mientras vacía un cenicero en una bolsa de basura.
Apoyo la cabeza contra el almohadón que tengo detrás de la espalda y cierro los ojos. No voy a ser capaz
de estar sobrio, nunca. No si quiero que este dolor desaparezca; no si tengo que quedarme aquí con este
espantoso vacío en el pecho.
Estoy inquieto e impaciente, siento angustia y estoy agotado, y es la peor puta combinación de la vida.
—¡Llegará dentro de veinte minutos! —dice James.
Abro los ojos y me lo encuentro vestido y paseándose en círculos por el pequeño salón.
—Ya lo sabemos. Cállate de una vez. Todos los meses la misma historia —replica Janine.
Se enciende un porro, y yo se lo quito de las manos en cuanto le da una calada.
Necesito automedicarme; no hay otra opción para los cobardes como yo, que se acurrucan en una
esquina y se esconden del punzante dolor de saber que les han arrancado la vida.
Toso con la primera calada. Mis pulmones se habían acostumbrado a vivir sin el seco ardor del exceso
de hierba. Tras la tercera calada, el dolor disminuye y empiezo a perder sensibilidad. No tanto como
querría, pero todo llegará. Pronto volveré a estar en plena forma.
—Dame eso también —digo refiriéndome a la botella que Janine tiene en las manos.
—No son ni las doce —contesta mientras enrosca el tapón.
—No te he preguntado ni la hora ni la temperatura ambiente. Te he pedido el vodka. —Se lo quito de
las manos y ella refunfuña, cabreada.
—Entonces ¿has dejado la universidad? —pregunta Mark, haciendo anillos con el humo que sale de
su boca.
—No… —«Mierda»—. No lo sé. Bueno, la verdad es que todavía no he pensado en ello.
Bebo un trago de alcohol y disfruto de cómo me quema mientras desciende por mi cuerpo vacío. No
tengo ni puta idea de qué hacer con respecto a la facultad. Sólo me queda medio trimestre para
licenciarme. Ya he entregado el papeleo y me he excluido de la maldita ceremonia. También tengo un
apartamento con todas mis mierdas en él, y un coche aparcado en el aeropuerto de Seattle-Tacoma.
—Janine, ve a comprobar que no haya nada en la pila —dice Mark.
—No, siempre me toca a mí fregar los putos platos…
—Te invitaré a comer. Sé que estás pelada —añade él, y funciona.
Su hermana se marcha y nos deja a solas en el salón. Oigo a James trajinando por su dormitorio; es
como si estuviera redecorando el piso entero.
—¿Qué le pasa con la tal Carla? —le pregunto a Mark.
—Es la novia de James. La verdad es que es bastante maja, pero es un poco esnob. No es que sea
una bruja ni nada, pero no le van estas mierdas. —Mark hace un gesto con las manos señalando el
desastrado apartamento—. Está estudiando Medicina, y sus padres tienen pasta y tal.
Me echo a reír.