—¡¿Has vuelto y no me has dicho nada?! —grita dándome unas palmaditas en el hombro—. Y, joder,
dime que este BMW es de alquiler, ¿o es que te has hecho rico?
Pongo los ojos en blanco.
—Es una larga historia, pero sí, es de alquiler.
—¿Has vuelto para quedarte o qué? —Se ha cortado el pelo castaño, pero sus ojos están tan vidriosos
como siempre.
—Sí, he vuelto para quedarme —respondo, zanjando así la cuestión.
Voy a quedarme aquí, y ella volverá a Estados Unidos, así de simple.
Mark analiza mi rostro.
—¿Dónde están tus putos piercings? ¿Te los has quitado?
—Sí, me harté de ellos. —Me encojo de hombros, pero él examina mi rostro.
Cuando gira la cabeza un poco, la luz se refleja en dos pequeños tachones que tiene bajo el labio.
Hostia, se ha puesto snake bites.
—Joder, Scott, estás muy cambiado. Qué locura. Ha pasado…, ¿cuánto? ¿Dos años? —Levanta las
manos—. ¿Tres? Joder, he estado los últimos diez años colocado, así que no sé decirte.
Se echa a reír y se saca del bolsillo un paquete de tabaco.
Cuando rechazo el cigarrillo que me ofrece, enarca una ceja.
—¿Qué pasa? ¿Te has vuelto un hombre de bien?
—No, es sólo que no quiero un puto cigarrillo —le espeto.
Se echa a reír como lo hacía siempre cuando me ponía de esta manera. Mark era el líder de nuestra
pandilla de delincuentes, sólo me sacaba un año, pero yo siempre lo había admirado y quería ser como él.
Por eso, cuando un tipo mayor llamado James apareció en escena y él y Mark empezaron con los juegos,
yo me apunté sin pensarlo dos veces. Me daba igual cómo trataban a las chicas, incluso cuando las
grababan sin que ellas lo supieran.
—Te has convertido en un niño de papá, ¿eh? —Sonríe con el cigarrillo encendido entre los dientes.
—Que te jodan. Estás colocado, ¿no?
Sabía que Mark seguiría aún de este modo, siempre colocado y anclado en sus días de gloria en los
que se follaba a muchas tías y se ponía hasta el culo de todo.
—No, pero esta noche me he pegado la gran fiesta y aún no me he acostado. —Sonríe, claramente
orgulloso de sí mismo al recordar lo que sea que hiciese o con quien sea que estuviese anoche—.
¿Adónde ibas? ¿Estás en casa de tu madre?
La mención de mi madre y de la casa que quemé anoche hasta los cimientos hace que me ponga
tenso. Siento el humo caliente en las mejillas y veo las brillantes llamas tragándose la casa cuando me
volví antes de montarme en el coche con Tessa.
—No, no estoy en ningún sitio fijo.
—Ah, entiendo —dice. Pero no lo entiende—. Si necesitas quedarte en algún lado, puedes hacerlo en
mi casa. Ahora comparto cuarto con James, seguro que se alegra mogollón de verte, todo americanizado
y tal.
Puedo oír la voz de Tessa en mi cabeza en estos momentos, rogándome para que no vaya por este