Back Amor infinito Save as PDF

los brazos.

—Pues dime por qué me quieres. Yo no hago nada por ti —respondí débilmente.

Aún tenía fresca en la mente la escena que había montado en su oficina horas antes.

Ella inspiró pacientemente y apoyó la cabeza contra mi pecho.

—Por esto. —Me dio unos golpecitos encima del corazón con el dedo índice—. Ésta es la razón. Y

ahora, por favor, deja de intentar provocar una pelea. Tengo trabajo que hacer y este árbol no va a

desmontarse solo.

Era tan amable conmigo, tan comprensiva, incluso cuando no me lo merecía.

—Te quiero —dije contra su pelo, y bajé las manos hasta sus caderas.

Ella se amoldó a mí, dejó que la cogiera en brazos y envolvió mi cintura con las piernas mientras yo la

trasladaba por el salón hasta el sofá.

—Te quiero muchísimo. No lo dudes nunca. Siempre te querré —me aseguró con la boca pegada a la

mía.

La desvestí lentamente, deleitándome en cada centímetro de sus fascinantes curvas. Me encantó ver

cómo sus ojos se abrían como platos mientras me ponía el condón, desenrollándolo. Esa misma tarde

había estado preocupada por el hecho de haber follado teniendo la regla, pero su pecho se hinchaba y se

deshinchaba de manera agitada mientras yo empezaba a tocarme delante de ella. Sus suspiros de

impaciencia y un leve gemido fue todo cuanto hizo falta para que dejara de torturarla. Me colé entre sus

piernas y la penetré lentamente. Estaba tan húmeda y prieta que me perdí en ella, y todavía soy incapaz

de recordar cómo se desmontó aquel maldito árbol.

Últimamente he estado haciendo eso demasiado a menudo, recrearme en los recuerdos felices de mi

tiempo con ella. Me tiemblan las manos mientras agarro el volante y salgo de mi ensimismamiento; sus

gemidos y jadeos se disuelven mientras me obligo a regresar al presente.

Estoy esperando en un lento atasco, a sólo unos kilómetros de Tessa. Necesito forjar mi plan y

asegurarme de que suba a ese avión esta noche. El vuelo es a las nueve, de modo que aún tiene mucho

tiempo para llegar a Heathrow. Kimberly la llevará; sé que lo hará. Todavía me duele la cabeza, el alcohol

se resiste a abandonar mi cuerpo, y aún me noto algo borracho. No tanto como para no poder conducir,

pero sé que no estoy en mis plenas facultades.

—¡Hardin! —oigo que exclama una voz familiar.

La ventanilla amortigua el sonido y la bajo al instante. Cada vez que doblo una esquina me topo con

alguien del pasado gritando mi nombre.

—¡Hostia, tío! —grito al coche que se encuentra junto al mío.

Mi viejo amigo Mark está en el carril de al lado. Si esto no es una señal divina, no sé qué otra cosa

puede ser.

—¡Aparca! —me responde con una amplia sonrisa.

Estaciono el coche de alquiler de Vance en el aparcamiento de una heladería y él hace lo propio en la

plaza de al lado. Sale de su chatarra de mierda antes que yo, corre hacia mi vehículo y abre la puerta.