—Sí, dame un minuto.
Guardé las páginas, por miedo a que pudiera leerlas mientras limpiaba, y me levanté para ayudarla a
desmontar el pequeño árbol que había decorado con mi madre.
—¿En qué estás trabajando? ¿Es algo bueno? —Hizo ademán de coger el viejo archivador raído que
siempre se quejaba de que iba dejando por toda la casa.
Las manchas circulares de apoyar tazas de café en él y las marcas de bolígrafo que cubrían la piel
gastada la sacaban de quicio.
—En nada —repliqué, y se lo quité de las manos antes de que pudiera llegar a abrirlo.
Ella se apartó hacia atrás, claramente sorprendida y un poco dolida por mi reacción.
—Perdona —dijo en voz baja.
En su precioso rostro se dibujó un ceño fruncido y yo lancé el archivador sobre el sofá y la cogí de las
manos.
—Sólo te estaba preguntando. No pretendía fisgar ni molestarte.
Joder, qué capullo era.
Bueno, sigo siéndolo.
—No pasa nada, pero no toques mis mierdas del trabajo. No me…
No se me había ocurrido ninguna excusa para darle, porque nunca antes se lo había impedido.
Siempre que escribía algo que sabía que le gustaría, lo compartía con ella. A ella le encantaba que lo
hiciera, y ahí estaba yo reprendiéndola por haberlo hecho ahora.
—Vale. —Se alejó de mí y empezó a quitar las bolas del espantoso árbol.
Me quedé observando su espalda durante unos minutos, preguntándome por qué estaba tan enfadado.
Si Tessa leyera lo que había estado escribiendo, ¿cómo se sentiría? ¿Le gustaría? ¿O le parecería horrible
y le entraría una pataleta? No estaba seguro, y sigo sin estarlo, por eso todavía a día de hoy no sabe nada
de aquello.
—¿«Vale»? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? —la provoqué, buscando pelea.
Discutir era mejor que hacer como si no pasara nada; los gritos eran mejor que el silencio.
—No volveré a tocar tus cosas —dijo sin volverse para mirarme—. No sabía que te molestaría tanto.
—Yo… —Me esforcé por buscar alguna excusa para discutir. Entonces fui directo al grano—: ¿Por
qué estás conmigo? —le pregunté bruscamente—. Después de todo lo que ha pasado, ¿es que te gusta el
drama?
—¿Qué? —Se dio la vuelta; llevaba un pequeño ornamento con forma de copo de nieve en las manos
—. ¿Por qué estás intentando pelearte conmigo? Ya te he dicho que no volveré a tocar tus cosas.
—No estoy intentando pelearme contigo —mentí—. Sólo quiero saberlo, porque da la sensación de
que eres adicta al drama y a los altibajos. —Sabía que aquello no era justo, pero lo dije igualmente. Tenía
ganas de bronca con ella, y no iba a parar hasta conseguirlo.
Tessa dejó caer el ornamento en la caja que había al lado del árbol y se acercó a mí.
—Sabes que eso no es verdad. Te quiero, incluso cuando intentas pelearte conmigo. Odio el drama, y
lo sabes. Te quiero por ser tú, y punto. —Se puso de puntillas, me besó en la mejilla y yo la envolví con