Back Amor infinito Save as PDF

que era corto, más corto que la media, y quiere que vuelva para hacerme más pruebas, aunque mencionó

la posibilidad de que sea infértil.

Levanto la vista y veo compasión en sus ojos.

—A mi hermana le pasa lo mismo; creo que lo llaman incompetencia cervical. Qué término tan

espantoso: incompetencia. Es como si su vagina hubiera sacado un insuficiente en matemáticas o como si

fuera una abogada nefasta o algo así.

Sus intentos de hacer que me lo tome con humor y el hecho de que conozca a alguien con el mismo

problema que puedo tener yo hace que me sienta algo mejor.

—Y ¿tiene hijos? —pregunto, pero me arrepiento al instante al ver que su rostro se entristece.

—No sé si es el mejor momento de que te hable de ella. Puedo contártelo en otra ocasión.

—Cuéntamelo. —No debería querer oírlo, pero no puedo evitarlo—. Por favor —le ruego.

Kimberly inspira hondo.

—Estuvo años intentando quedarse embarazada; lo pasó fatal. Probó con tratamientos de fertilidad…

Todo lo que puedas encontrar en Google lo probaron su marido y ella.

—¿Y? —la presiono para que continúe, interrumpiéndola de manera grosera. Y entonces pienso en

Hardin. Espero que ya esté volviendo. En su estado no debería estar solo.

—Bueno, pues al final consiguió quedarse embarazada, y fue el día más feliz de su vida. —Kimberly

aparta la mirada, y sé que o me está mintiendo o me está ocultando algo para no preocuparme.

—Y ¿qué pasó? ¿Cuánto tiempo tiene ahora el bebé?

Kimberly junta las manos y me mira directamente a los ojos.

—Estaba embarazada de cuatro meses cuando sufrió un aborto. Pero eso fue lo que le pasó a mi

hermana, no dejes que su historia te aflija. Puede que ni siquiera tengas lo mismo que ella. Y, si lo tienes,

en tu caso las cosas podrían terminar de otra manera.

Con un vacío resonando en mis oídos, digo:

—Tengo el presentimiento, es algo que siento en mi interior, de que no podré quedarme embarazada.

En el momento en que el ginecólogo mencionó la infertilidad, fue como si alguna cosa se encendiera

dentro de mí.

Kimberly me coge de la mano que tengo encima de la mesa.

—Eso nunca se sabe. Y, no es por desilusionarte, pero de todos modos Hardin no quiere tener hijos,

¿verdad?

Incluso a pesar de la puñalada que he sentido en el pecho al oírla decir esas palabras, me siento mejor

ahora que he compartido con alguien mis preocupaciones.

—No, no quiere. No quiere tener hijos ni casarse conmigo.

—¿Esperabas que algún día cambiara de idea? —me da un pequeño apretón.

—Sí, la triste verdad es que sí. Estaba casi convencida de que lo haría. No en un plazo corto de

tiempo, sino dentro de unos años. Creía que tal vez con unos años más y cuando ambos hubiésemos

terminado la universidad, acabaría cambiando de idea. Pero ahora me parece todavía más imposible que

antes.

Siento que me sonrojo de la vergüenza. No puedo creer que esté diciendo estas cosas en voz alta.