Back Amor infinito Save as PDF

boca como aguas turbulentas e incontrolables.

—Hardin quiere quedarse en Londres. Quiere quedarse aquí y enviarme de vuelta a Seattle como si

fuera alguna especie de lastre que está deseando quitarse de encima. Se está alejando de mí, como cada

vez que sufre, pero en esta ocasión se ha superado. Ha quemado esa casa y no tiene ningún

remordimiento al respecto. Sé que está furioso, y jamás le diría esto, pero sólo está complicándose las

cosas a sí mismo.

»Si fuera capaz de controlar su rabia y de admitir que siente dolor, de admitir que le importa alguien

más que él o yo en este mundo, podría superar esto. Me saca de quicio porque me dice que no puede

vivir sin mí y que preferiría morir a perderme, pero en cuanto las cosas se ponen feas, ¿qué hace? Me

aparta. No voy a renunciar a él. Estoy demasiado enamorada como para hacerlo, aunque reconozco que a

veces estoy tan cansada de luchar que empiezo a plantearme cómo habría sido mi vida sin él. —Miro a

Kimberly a los ojos—. Sin embargo, cuando empiezo a imaginármela, casi me desmayo del dolor.

Cojo la taza de café medio vacía de la mesa y me la termino. Mi voz suena mejor que hace unas

horas, pero mi discursito ha afectado a mi dolorida garganta.

—Aún no logro entender cómo es posible que, después de todos estos meses, de todo este lío, siga

prefiriendo hacer todo esto —agito la mano alrededor de la habitación en un gesto dramático— a estar sin

él. Los peores momentos con Hardin no han sido nada en comparación con los mejores. No sé si soy una

ilusa o si estoy loca; puede que ambas cosas. Confieso que lo amo más que a mí misma, más de lo que

jamás creí posible, y sólo quiero que sea feliz. No por mí, sino por él.

»Quiero que se mire al espejo y sonría, no que frunza el ceño. Debe dejar de considerarse a sí mismo

como un monstruo. Necesito que vea cómo es en realidad, porque si no sale de ese papel de villano,

acabará destruyéndose, y a mí no me quedarán más que las cenizas. Por favor, no les digas ni a él ni a

Christian nada de esto. Sólo deseaba contarlo porque siento que me estoy ahogando, y me cuesta

mantenerme a flote, especialmente cuando lucho contracorriente para salvarlo a él en lugar de a mí

misma.

La voz se me quiebra un poco en esa última parte, y me entra un ataque de tos. Con una sonrisa,

Kimberly abre la boca para hablar, pero levanto un dedo.

Me aclaro la garganta.

—No he terminado. Aparte de todo eso, fui al médico para que me recetase… la píldora —digo casi

susurrando las últimas palabras.

Kimberly se esfuerza al máximo por no reírse, pero no lo consigue.

—No tienes por qué susurrar, ¡escúpelo, hija!

—Vale. —Me ruborizo—. El ginecólogo me hizo una exploración rápida del cuello del útero y me dijo