ella jamás podría llegar a comprender. Necesito esto, necesito que me distraiga, que me ayude a escapar
de toda esta mierda, aunque sea sólo durante un rato.
Le doy lo que me pide y ella gime mi nombre con aprobación y se muerde los labios. Su mano
desciende por debajo de la mía y me agarra la polla a través de los vaqueros. La tengo tan dura que me
hace daño, y las caricias y los apretones de Tessa no ayudan.
—Quiero follarte ahora mismo. Tengo que hacerlo. —Deslizo la lengua por una de sus tetas.
Ella asiente y pone los ojos en blanco. Succiono la protuberancia sensible de uno de sus senos
mientras masajeo el otro con la mano que no tengo entre sus piernas.
—Har… din… —gime.
Sus manos están ansiosas por liberarme de mis vaqueros y mi bóxer. Elevo las caderas lo suficiente
como para que pueda bajarme los pantalones por los muslos. Mis dedos siguen enterrados en ella,
moviéndose a un ritmo suave, el justo y necesario como para volverla loca. Los saco y los elevo hasta sus
carnosos labios. Los hundo en su boca. Ella los chupa y desliza la lengua hacia arriba y hacia abajo
lentamente. Gimo y los aparto antes de que ese simple gesto haga que me corra. La levanto por las
caderas y la bajo de nuevo hacia mí.
Ambos compartimos el mismo gemido de alivio, desesperados el uno por el otro.
—No deberíamos separarnos —dice tirándome del pelo hasta que mi boca está al mismo nivel que la
suya. ¿Acaso puede saborear mi cobarde despedida en mi aliento?
—Tenemos que hacerlo —replico cuando ella empieza a menear las caderas. «Joder.»
Tessa se eleva lentamente.
—No voy a obligarte a desearme. Ya no. —Me entra el pánico, pero todos mis pensamientos
desaparecen cuando desciende de nuevo contra mí lentamente sólo para volver a elevarse y a repetir el
mortificante movimiento.
Se inclina hacia adelante para besarme y lame mi lengua en círculos mientras se hace con el control.
—Te deseo —exhalo en su boca—. Joder, siempre te deseo, y lo sabes. —Un sonido gutural escapa
de mi garganta cuando acelera el movimiento de sus caderas. Joder, me va a matar.
—Vas a dejarme —replica, y desliza la lengua por mi labio inferior.
Bajo la mano hasta el lugar donde nuestros cuerpos se unen y atrapo su hinchado clítoris entre los
dedos.
—Te quiero —digo, incapaz de encontrar otras palabras, y ella se ve obligada a guardar silencio
mientras pellizco y froto su punto más sensible.
—Dios… —Deja caer la cabeza sobre mi hombro y rodea mi cuello con los brazos—. Te quiero —
dice casi sollozando mientras se corre y me estrecha con todos sus músculos.
Yo me corro también inmediatamente después, y la inundo con cada gota de mí, literal y
metafóricamente.
Pasamos unos minutos en silencio. Mantengo los ojos cerrados y rodeo su espalda con los brazos.
Ambos estamos empapados de sudor; el calor sigue entrando a través de las rejillas de ventilación, pero