—Te quiero, y lo sabes —digo.
Chupo la piel suave de su cuello y me deleito observando cómo se vuelve rosácea por la succión de
mis labios. Continúo chupando y mordisqueándola lo justo para crear un montón de marcas, pero no lo
bastante fuerte como para que permanezcan ahí más de unos segundos.
—Pues no lo parece. —Su voz es grave, y sus ojos observan cómo mi mano libre se desplaza por su
muslo descubierto.
Su vestido está recogido a la altura de la cintura de un modo que me está volviendo completamente
loco.
—Todo lo que hago es porque te quiero. Incluso mis mayores estupideces. —Alcanzo el encaje de
sus bragas y gime cuando paso un solo dedo por la humedad que ya se ha formado entre sus muslos—.
Siempre estás tan húmeda para mí, incluso ahora…
Le aparto las bragas e introduzco dos dedos en su jugosa carne. Gime y arquea la espalda hacia atrás,
contra el volante, y noto cómo su cuerpo se relaja. Hago que el asiento retroceda para tener más espacio
dentro del pequeño vehículo.
—No puedes distraerme con…
Extraigo los dedos y vuelvo a sumergirlos, cortando sus palabras antes de que terminen de escapar de
sus labios.
—Sí, nena, claro que puedo. —Acerco los labios a su oreja—. ¿Dejarás de forcejear si te suelto las
manos?
Ella asiente. En cuanto las suelto, las traslada a mi cabello y hunde los dedos en mi espesa mata de
pelo revuelto. Le bajo la parte delantera del vestido con una mano.
Su sujetador blanco de encaje resulta pecaminoso a pesar de la pureza de su color. Tessa, con su
cabello rubio y sus prendas claras, contrasta sobremanera con mi pelo oscuro y mi ropa negra. Algo en
ese contraste me resulta erótico de cojones: la tinta de mis muñecas cuando mis dedos desaparecen de
nuevo en su interior, la piel limpia e inmaculada de sus muslos, y el modo en que sus suaves gemidos y
jadeos inundan el aire cuando mis ojos recorren sin pudor su firme vientre hasta su pecho.
Aparto la vista de sus tetas perfectas el tiempo suficiente como para inspeccionar el aparcamiento. Las
lunas del coche están tintadas, pero quiero asegurarme de que seguimos solos en este lado de la calle. Le
desabrocho el sujetador con una mano y ralentizo el movimiento de la otra. Ella gimotea a modo de
protesta, pero yo no me molesto en disimular la sonrisa de mi rostro.
—Por favor —me ruega para que continúe.
—¿Por favor, qué? Dime qué es lo que quieres —la incito, como lo he hecho siempre desde el
comienzo de nuestra relación.
Todo el tiempo he tenido la sensación de que, si no pronuncia las palabras en voz alta, no pueden ser
ciertas. No es posible que me desee del mismo modo que yo la deseo a ella.
Alarga la mano y vuelve a colocar la mía entre sus muslos.
—Tócame.
Está hinchada, ansiosa y empapada de la hostia. Me desea. Me necesita. Y yo la amo más de lo que