He herido sus sentimientos, tal y como había imaginado, pero ¿qué otra opción tenía?
—Porque mi padre no es mi verdadero padre, mi madre es una mentirosa de coj… —me detengo
antes de decir algo de lo que me pueda arrepentir—, y mi padre biológico va a ir a la cárcel porque yo he
incendiado su casa. Es un culebrón dramático. —Después, para intentar obtener alguna reacción por su
parte, añado irónicamente—: Lo único que nos falta es agregar a un montón de jovencitas con demasiado
maquillaje y poca ropa y sería todo un éxito.
Sus ojos tristes analizan los míos.
—Sigo sin ver qué motivos tienes para quedarte aquí, muy lejos de mí. Porque eso es lo que quieres,
¿verdad? Quieres alejarte de mí. —dice la última parte como si, al pronunciarla, se confirmara como
verdad.
—No es eso… —empiezo a decir, pero me detengo. No sé cómo expresar mis pensamientos, ése ha
sido siempre mi puto problema—. Es sólo que creo que, si estuviéramos un tiempo separados, te darías
cuenta de lo que te estoy haciendo. Mírate. —Se encoge, pero yo me obligo a continuar—: Te estás
enfrentando a problemas a los que jamás te habrías enfrentado de no ser por mí.
—No te atrevas a actuar como si estuvieras haciendo esto por mí —me espeta con la voz fría como el
hielo—. Eres autodestructivo, y ése es tu único motivo detrás de esto.
Lo soy. Sé que lo soy. Y a eso es a lo que me dedico: a hacer daño a otras personas, y a hacérmelo a
mí mismo después, antes de que los demás puedan devolvérmelo. Soy un puto desastre, ésa es la pura
verdad.
—¿Sabes qué te digo? —exclama, cansada de esperar a que diga algo—. Que adelante. Dejaré que
nos hagas daño a los dos en esta misión de autoprivación que te has…
La cojo de las caderas y la tengo encima de mí antes de que pueda terminar la frase. Intenta apartarse
y me araña los brazos cuando no dejo que se mueva ni un centímetro.
—Si no quieres estar conmigo, suéltame —silba.
No hay lágrimas, sólo rabia. Puedo soportar su rabia; son las lágrimas las que me matan. La rabia
consigue que cesen.
—Deja de forcejear. —Le agarro las dos muñecas por detrás de la espalda y las sostengo en el sitio
con una sola mano.
Tessa me fulmina con la mirada.
—No tienes derecho a hacer esto cada vez que algo te hace sentir mal. ¡No tienes derecho a decidir
que soy demasiado buena para ti! —me grita a la cara.
Ignoro sus gritos y acerco la boca a la curva de su cuello. Su cuerpo salta de nuevo, esta vez de
placer, no de furia.
—Para… —dice sin ninguna convicción.
Está intentando rechazarme porque cree que es lo que debería hacer, pero ambos sabemos que esto
es justo lo que necesitamos. Necesitamos la conexión física que nos traslada a una profundidad emocional
que ninguno de los dos somos capaces de explicar y a la que ninguno de los dos nos podemos negar.