Me encojo de hombros y mastico pensativo.
—No sé…
—¿A qué distancia está? —pregunta con mucho menos entusiasmo de lo que esperaba.
Sin duda, si este fin de semana no hubiese acabado siendo una auténtica mierda, probablemente le
haría mucha más ilusión. También le prometí llevarla a Chawton, pero los páramos encajan mucho mejor
con mi estado de ánimo actual.
—A unas cuatro horas.
—Está muy lejos —dice, y bebe un sorbo del café.
—Pensaba que querrías ir —digo en tono severo.
—Y quiero…
Es evidente que le preocupa algo de mi sugerencia. Joder, ¿por qué razón siempre tengo que causarles
algún problema a esos ojos grises?
—Entonces ¿por qué te quejas del trayecto? —me termino el muffin y abro el envoltorio de otro.
Tessa parece ligeramente ofendida, pero su voz sigue siendo suave y áspera.
—Sólo me estoy preguntando por qué estás tú dispuesto a conducir hasta allí para ver los páramos.

—Se coloca un mechón de pelo suelto detrás de la oreja y respira hondo—. Hardin, te conozco lo
suficiente como para saber que estás taciturno y apartándote de mí. —Se desabrocha el cinturón de
seguridad y se vuelve para mirarme—. El hecho de que quieras llevarme a los páramos que inspiraron
Cumbres borrascosas en vez de a algún lugar de una novela de Jane Austen me preocupa aún más de lo
que ya lo estoy.
Me lee como si fuese un libro abierto. «¿Cómo lo hace?»
—No —miento—. Sólo he pensado que te gustaría ver los páramos y el pueblo de las hermanas
Brontë. Perdona, ¿eh? —Pongo los ojos en blanco para evitar esa maldita expresión en los suyos. Me
niego a admitir que está en lo cierto.
Sus dedos juguetean con el envoltorio de su barrita de cereales.
—Bueno, pues preferiría no ir. Sólo quiero volver a casa.
Exhalo profundamente, le quito la barrita de las manos y abro de un tirón el envoltorio.
—Tienes que comer algo. Tienes pinta de ir a desmayarte de un momento a otro.
—Sí, me siento como si fuese a hacerlo —dice en voz baja, aparentemente más para sí misma que
para mí.
Me planteo embutirle la puta barrita en la boca, pero entonces me la coge de las manos y le da un
bocado.
—¿Quieres volver a casa, pues? —digo por fin. No quiero preguntarle a qué se refiere exactamente al
decir casa.
Hace un mohín.
—Sí, tu padre tenía razón: Londres no es como lo había imaginado.
—Porque yo te lo he fastidiado —repongo.
No lo niega, pero tampoco lo confirma. Su silencio y su mirada vacía hacia los árboles me incitan a
decir lo que tengo que decir. Es ahora o nunca.
—Creo que debería quedarme aquí una temporada… —declaro al espacio que nos separa.
Tessa deja de masticar, se vuelve y me mira entornando los ojos.
—¿Por qué?
—No tiene sentido que regrese allí.
—No, lo que no tiene sentido es que te quedes aquí. ¿Por qué te lo planteas siquiera?