Chapters (2)
Hardin ya tenía a Emery. Auden era mío. Se lo decía a Hardin a menudo, pero él se limitaba a reírse
y a decirme que agobiaba demasiado a Emery y que por eso lo prefería a él.
—Addy es tonta —resopló mi pequeña Hardin en miniatura. Me la imaginaba dando vueltas por la
habitación, apartándose el pelo rubio de la frente, igual que su padre.
—¿Ah, sí? ¿Y eso? —Hardin lo decía con sarcasmo, pero no creo que Emery lo pillara.
—Porque lo es. Ya no quiero ser su amiga.
—Bueno, nena, es de la familia. No tienes más remedio que quererla. —Seguro que Hardin estaba
sonriendo, disfrutando del mundo de emociones de una niña de seis años.
—¿No puedo tener otra familia?
—No. —Soltó una carcajada y tuve que taparme la boca para que no me oyeran reírme a mí—. Yo
también quería otra familia cuando era más joven, pero las cosas no son así. Deberías intentar ser feliz
con la familia que te ha tocado. Si tuvieras otra, tendrías una mamá y un papá distintos y…
—¡No! —A Emery le gustaba tan poco la idea que no lo dejó ni terminar.
—¿Ves? —dijo Hardin—. Tienes que aprender a aceptar a Addy, aunque a veces sea una tonta, igual
que mamá acepta que papá a veces sea tonto.
—¿Tú también eres tonto? —preguntó su pequeña vocecita.
No me cabía el corazón en el pecho.
«Joder, si lo es», quise decir.
—Joder, si lo soy —contestó por mí. Puse los ojos en blanco y tomé nota mentalmente de que debía
advertirle acerca de que no dijera tacos delante de la niña. Ya no lo hacía tanto como antes, pero a veces
se le escapaban.
Emery empezó a contarle que Addy le había dicho que ya no eran mejores amigas y Hardin, como es
un padrazo, la escuchó de cabo a rabo y comentó cada frase. Para cuando terminaron, yo había vuelto a
enamorarme de mi chico malcarado.
Estaba apoyada en la pared en el momento en que él salió de la habitación y cerró la puerta. Sonrió al
verme.
—La vida en primer curso es muy dura —dijo entre risas, y lo abracé por la cintura.
—Sabes cómo tratarla. —Me acerqué a él todo cuanto mi barriga me lo permitía.
Me puso de lado y me besó en los labios.
Diez años después
Hardin
—¿Va en serio, papá? —Emery me lanzaba miradas asesinas desde el otro lado de la isleta de la
cocina. Tamborileaba con las uñas sobre la superficie de granito y ponía los ojos en blanco, igual que su
madre.
—Sí, muy en serio. Ya te lo he dicho: eres demasiado joven para eso.
Me destapé un poco el vendaje del brazo. La noche anterior me había retocado algunos de los