Chapters (2)
tres bodas y, si digo que estaba ocupada, me quedo corta. Mis pies se habían hinchado y Hardin me
regañaba por trabajar tanto, pero sabía cuándo dejarlo estar. Había conseguido obtener al fin unos
ingresos decentes y me estaba haciendo un nombre. En Nueva York no es fácil abrirse camino en el
mundo de las bodas, pero yo lo había conseguido. Gracias a la ayuda de una amiga, mi negocio estaba
floreciendo y tenía el buzón de voz y el correo electrónico llenos de consultas.
A una de las novias le estaba entrando el pánico. En el último momento, su madre había decidido
invitar a su nuevo marido a la boda y ahora teníamos que reorganizar las mesas. Pan comido.
Se abrió la puerta principal y Emery pasó corriendo junto a mí, pasillo abajo. Ya tenía seis años. Su
pelo era aún más rubio que el mío y lo llevaba recogido en un moño despeinado. Esa mañana la había
peinado Hardin antes de ir al colegio para que yo pudiera ir al médico.
—¿Emery? —la llamé al oírla dar un portazo en su habitación.
El hecho de que Landon trabajara en el colegio al que iban Addy y Emery me hacía la vida mucho
más fácil, sobre todo cuando tenía tanta faena.
—¡Déjame en paz! —me gritó.
Me levanté y, al hacerlo, mi barriga tropezó con la encimera. Hardin salió de nuestro dormitorio con la
camisa por fuera y los vaqueros negros colgándole de las caderas.
—¿Qué le pasa? —preguntó.
Me encogí de hombros. Nuestra pequeña Emery tenía el aspecto dulce de su madre pero la actitud de
su padre. Era una combinación que hacía nuestras vidas muy interesantes.
Hardin se echó a reír suavemente al oír gritar a la niña:
—¡Os estoy oyendo!
Con seis años ya era un torbellino.
—Hablaré con ella —dijo echando a andar de nuevo hacia el dormitorio.
Volvió con una camiseta negra en la mano. Ver cómo se la ponía me hizo recordar al chico que había
conocido en mi primer año de universidad. Cuando llamó a la puerta del cuarto de Emery, ella refunfuñó
y protestó, pero Hardin entró de todas maneras.
Cerró la puerta tras de sí y me acerqué y pegué la oreja.
—¿Qué te pasa, pequeñaja? —resonó la voz de él en la habitación.
Emery era peleona pero adoraba a Hardin, y a mí me encantaba verlos juntos. Era un padre muy
paciente y divertido.
Me llevé la mano al vientre y me lo acaricié mientras le susurraba al pequeñín que llevaba dentro:
—Vas a quererme más a mí que a tu papá.