Back Amor infinito Save as PDF

tengo dentro. Todo era mucho más fácil antes de conocer a Tessa; nada me hacía daño. Ni siquiera esta

mierda me dolía de esta manera. Había aprendido a bloquearlo hasta que ella hizo que… hizo que sintiese

cosas que no quería sentir, y ahora no puedo dejar de hacerlo.

—¡Lo siento! —exclama Vance—. ¡Siento muchísimo que eso sucediera! ¡Yo lo habría evitado!

Levanto la vista y veo que está llorando. ¿Cómo se atreve a llorar cuando él no tuvo que

presenciarlo? Él no ha tenido que verlo cada vez que cerraba los ojos para dormir, año tras año.

Unas luces azules parpadeantes entran entonces por las ventanas y se reflejan en todos los cristales de

la habitación, interrumpiendo mi hoguera. Las sirenas suenan fuerte de cojones, ¡joder, qué ruidazo!

—¡Vámonos! —me ordena Vance—. ¡Tenemos que salir ya! Ve a la puerta trasera y métete en mi

coche! ¡Ve! —grita.

Qué dramatismo.

—Vete a la mierda —le suelto. Me tambaleo; la habitación gira ahora más deprisa, y las sirenas me

perforan el oído.

Antes de que pueda detenerlo, me pone las manos encima y empuja mi cuerpo ebrio por el salón, en

dirección a la cocina y hacia la puerta trasera. Intento resistirme, pero mis músculos se niegan a cooperar.

El aire frío me golpea y hace que me maree, y entonces mi culo aterriza sobre el hormigón.

—Ve al callejón y entra en mi coche —creo que dice Christian antes de desaparecer.

Me levanto como puedo después de caerme unas cuantas veces e intento abrir la puerta trasera de la

cocina, pero tiene el cerrojo echado. Dentro oigo varias voces que gritan y algo que zumba. «¿Qué

cojones es eso?»

Saco mi teléfono del bolsillo y veo el nombre de Tessa en la pantalla. Puedo ir a buscar el coche en el

callejón y enfrentarme a ella, o volver adentro y dejar que me arresten. Miro su cara borrosa en la

pantalla y la decisión está tomada.

No tengo ni puta idea de cómo coño voy a conseguir llegar al otro lado de la calle sin que la poli me

descubra. Veo la pantalla del móvil doble y no para de moverse, pero de algún modo consigo llamar al

número de Tessa.

—¡Hardin! ¡¿Estás bien?! —grita por el auricular.

—Recógeme al final de la calle, delante del cementerio.

Quito el pestillo de la puerta de la valla del vecino y corto la llamada. Al menos no tengo que atravesar

el jardín de Mike.

¿Se habrá casado con mi madre hoy? Por su bien, espero que no.

«No querrás que esté sola siempre. Sé que la quieres; sigue siendo tu madre», resuena la voz de

Tessa en mi cabeza.

Genial, ahora oigo voces.

«No soy perfecta. Nadie lo es», me recuerda su dulce voz. Pero se equivoca, se equivoca muchísimo.

Es ingenua, pero perfecta.

Consigo llegar hasta la esquina de la calle de mi madre. El cementerio a mi espalda está oscuro; la

única luz procede de las sirenas azules en la distancia. El BMW negro aparece unos momentos después, y