Tessa lo detiene delante de mí. Me meto en el coche sin mediar palabra, y apenas he cerrado la puerta
cuando arranca a toda velocidad.
—¿Adónde voy? —dice con voz grave mientras intenta dejar de sollozar, aunque fracasa
estrepitosamente.
—No lo sé… No hay muchos sitios por aquí —me pesan los ojos—, es de noche, es muy tarde… y
no hay nada abierto…
A continuación, cierro los ojos y todo desaparece.
El sonido de las sirenas me despierta de un sobresalto. Doy un brinco y me golpeo la cabeza contra el
techo del coche.
«¿El coche? ¿Qué cojones hago en un coche?»
Me vuelvo y veo a Tessa en el asiento del conductor, con los ojos cerrados y las piernas flexionadas
contra el cuerpo. Me recuerda al instante a un gatito durmiendo. Me va a estallar la cabeza. Joder, he
bebido demasiado.
Es de día, el sol está escondido detrás de las nubes, dejando un cielo gris y deprimente. El reloj del
salpicadero me informa de que faltan diez minutos para las siete. No reconozco el aparcamiento en el que
nos encontramos, e intento recordar cómo coño acabé en el coche.
Ya no hay coches de policía ni sirenas… Debo de haberlos soñado. Me palpita la cabeza, y cuando me
subo la camiseta para limpiarme la cara, un fuerte olor a humo inunda mis fosas nasales.
Flashes de un sofá ardiendo y de Tessa llorando se reproducen en mi mente. Me esfuerzo por
ordenarlos; sigo medio borracho.
A mi lado, ella se estira y sus ojos parpadean antes de abrirse. No sé qué vio anoche. No sé qué dije
ni qué hice, pero sé que su manera de mirarme en este mismo momento hace que desee haber ardido…
con esa casa. Imágenes de la casa de mi madre me vienen entonces a la cabeza.
—Tessa, yo… —No sé qué decirle; mi mente no funciona, y mi puta boca tampoco.
El pelo decolorado de Judy y Christian empujándome por la puerta trasera de la casa de mi madre
rellenan algunos de los huecos de mi memoria.
—¿Estás bien? —me pregunta en un tono suave y áspero al mismo tiempo. Es evidente que casi se ha
quedado sin voz.
¿Me está preguntando ella a mí si estoy bien?
Observo su rostro confundido por su pregunta.
—Eh…, sí. Y ¿tú? —No recuerdo la mayor parte de la noche…, joder, del día o de la noche, pero sé
que tiene motivos para estar enfadada conmigo.
Asiente despacio mientras también analiza mi rostro.
—Intento recordar… La poli llegó… —Voy repasando los recuerdos conforme me vienen a la mente
—. La casa estaba en llamas… ¿Dónde estamos? —Miro por la ventanilla e intento averiguarlo.
—Estamos…, pues no estoy muy segura de qué lugar es éste. —Se aclara la garganta y mira de frente
a través del parabrisas. Debe de haber gritado mucho. O llorado. O ambas cosas, porque apenas puede
hablar—. No sabía adónde ir y tú te quedaste dormido, así que seguí conduciendo, pero estaba muy