este lugar.
Pero no sucede nada.
—Menudo desastre estoy hecho, ¿eh? —le digo al hombre que asegura ser mi padre.
—Eso no va a funcionar —dice. O igual soy yo quien habla, vete tú a saber.
Alcanzo una vieja revista que descansa sobre una de las cajas y acerco la llama a la esquina. Se
enciende inmediatamente. Observo cómo el fuego asciende por las páginas y la lanzo sobre el sofá.
Alucino al ver lo rápido que el fuego lo engulle, y juro que puedo sentir cómo los putos recuerdos arden
con él.
Después le llega el turno al reguero de ron, que arde formando una línea irregular. Apenas puedo
seguir el ritmo de las llamas, que avanzan danzando por los tablones de madera, parpadeando y
crepitando, emitiendo sonidos que me resultan tremendamente reconfortantes. Las llamas brillan con furia
y atacan con ferocidad el resto de la habitación.
Por encima del crepitar del fuego, Vance grita:
—¿Estás satisfecho?
No sé si lo estoy.
Tessa no lo estará. Le entristecerá que haya destruido la casa.
—¿Dónde está? —pregunto inspeccionando la estancia, que veo borrosa y cargada de humo.
Como esté aquí dentro y le suceda algo…
—Está fuera. A salvo —me asegura Vance.
¿Confío en él? Lo odio a muerte. Todo esto es culpa suya. ¿Sigue Tessa aquí? ¿Me estará mintiendo?
Pero entonces caigo en la cuenta de que Tessa es demasiado lista para esto. Seguro que se ha
marchado, lejos de esta mierda, lejos de mi destrucción. Y si este hombre me hubiese criado, no me
habría convertido en la mala persona que soy. No habría hecho daño a tanta gente, sobre todo a Tessa.
No quiero hacerle daño, pero siempre lo hago.
—¿Dónde estabas? —le pregunto.
Ojalá las llamas aumentaran de tamaño. Si siguen así de pequeñas, la casa no se quemará por
completo. Puede que tenga otra botella escondida en alguna parte, pero no soy capaz de pensar con la
suficiente claridad como para recordarlo. El fuego no me resulta lo bastante grande. Las minúsculas
llamas no compensan la intensidad de mi puta ira, y necesito más.
—En el hotel, con Kimberly. Marchémonos antes de que llegue la policía o de que resultes herido.
—No. ¿Dónde estabas tú aquella noche? —La habitación empieza a girar, y el calor me está
asfixiando.
Vance parece verdaderamente sorprendido. Se detiene y se yergue por completo.
—¿Qué? ¡Ni siquiera estaba aquí, Hardin! Estaba en Estados Unidos. ¡Yo jamás dejaría que algo así
le sucediese a tu madre! ¡Pero ahora tenemos que irnos! —grita.
¿Por qué íbamos a marcharnos? Quiero ver cómo arde este maldito agujero.
—Pues le sucedió —digo, y mi cuerpo se vuelve cada vez más pesado.
Debería sentarme, pero si yo tengo que ver estas imágenes en mi cabeza, él también.
—La golpearon hasta hacerla papilla. Todos se turnaron para abusar de ella, se la follaron una y otra y
otra vez… —Me duele tanto el pecho que me dan ganas de meterme las manos y arrancarme todo lo que