camino aquí. ¡Tenemos que irnos ahora mismo! —grita.
—¿Cómo sabías…? —La mirada de Hardin oscila entre Christian y yo—. ¿Lo has llamado tú?
—¡Por supuesto que lo ha hecho! ¿Qué querías que hiciera? ¡¿Que te dejara incendiar la casa y que
te arrestaran?! —chilla Vance.
Hardin levanta las manos en el aire, aún con el mechero en la mano.
—¡Salid de aquí! ¡Los dos!
Christian se vuelve hacia mí.
—Tessa, ve afuera.
Pero me mantengo firme.
—No, no voy a dejarlo aquí. —¿Todavía no ha entendido que Hardin y yo no debemos separarnos?
—Vete —dice Hardin mientras da un paso hacia mí. Desliza el pulgar por el metal del mechero y
enciende la llama—. Sácala de aquí —añade arrastrando las palabras.
—Mi coche está aparcado en el callejón que hay al otro lado de la calle. Espéranos allí —me ordena
Christian.
Cuando miro a Hardin, sus ojos están fijos en la llama blanca, y lo conozco lo bastante bien como
para saber que va a hacer esto, tanto si me marcho como si no. Está demasiado ebrio y enfadado como
para detenerse ahora.
Christian deposita un frío juego de llaves en mi mano y se acerca a mí.
—No dejaré que le suceda nada malo.
Tras un momento de lucha interna, envuelvo las llaves con los dedos y salgo por la puerta sin mirar
atrás. Cruzo corriendo la calle y rezo para que las sirenas que se oyen en la distancia se dirijan a otro
destino.
CAPÍTULO 7
Hardin
En cuanto Tessa sale por la puerta principal, Vance empieza a agitar las manos delante de él y a gritar:
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!
¿De qué está hablando? Y ¿qué cojones está haciendo aquí? Odio a Tessa por haberlo llamado. Lo
retiro: jamás podría odiarla pero, joder, a veces me saca de quicio.
—Nadie te quiere aquí —digo, y noto que tengo la boca dormida.
Me arden los ojos. ¿Dónde está Tessa? ¿Se ha marchado? Creía que sí, pero ahora estoy confundido.
¿Cuánto tiempo hace que vino? ¿Estaba aquí de verdad? No lo sé.
—Enciende el fuego.
—¿Para qué? ¿Quieres que arda con la casa? —pregunto.
Una versión más joven de él apoyado contra la chimenea de la casa de mi madre inunda mi mente.
Me estaba leyendo.
—¿Por qué me estaba leyendo?
«¿He dicho eso en voz alta? No tengo ni puta idea.» El Vance del presente se me queda mirando,
como esperando algo.
—Todos tus errores desaparecerían conmigo —suelto. El metal del mechero me quema la piel áspera
del pulgar, pero sigo encendiéndolo.
—No, quiero que quemes la casa —replica él—. Tal vez así encuentres algo de paz.
Creo que es posible que me esté gritando, pero apenas puedo ver con claridad, y mucho menos medir
el volumen de su voz. ¿En serio me está dando permiso para quemar esta cueva?
«¿Quién ha dicho que necesite permiso?»
—¿Quién eres tú para darme el visto bueno? ¡Joder! ¡No te he preguntado!
Bajo la llama hasta el brazo del sofá y espero a que prenda. Espero a que el fuego devorador destruya