Back Amor infinito Save as PDF

—No me cites a Hemingway —le espeto. ¿Pensaba que no iba a reconocerlo y a saber lo que estaba

intentando hacer?

—Pero es verdad. No hay un final feliz; al menos, no para mí. Estoy demasiado jodido. —Aparta las

manos de mi rostro y me da la espalda.

—¡No, no lo estás! Tú…

—¿Por qué haces eso? —balbucea mientras su cuerpo se mece hacia adelante y hacia atrás—. ¿Por

qué siempre intentas buscar la luz en mí? ¡Despierta de una vez, Tessa! ¡No hay ninguna puta luz! —

grita, y se golpea el pecho con las dos manos.

»¡No soy nada! ¡Soy un pedazo de mierda con una mierda de padres, y encima estoy completamente

pirado! Traté de advertírtelo, intenté apartarte de mí antes de acabar contigo… —Su voz se vuelve cada

vez más grave, y se lleva la mano al bolsillo.

Reconozco el mechero morado de Judy, la del bar.

Hardin lo enciende sin mirarme.

—¡Mis padres también son un desastre! ¡Mi padre está en rehabilitación, joder! —le grito.

Sabía que esto iba a pasar. Sabía que la confesión de Christian acabaría con Hardin. Todo el mundo

tiene un límite, y el estado de Hardin ya era bastante frágil con todo lo que ha tenido que soportar.

—Ésta es tu última oportunidad de irte antes de que este lugar arda hasta los cimientos —dice sin

mirarme.

—¿Serías capaz de quemar la casa conmigo dentro? —pregunto incrédula. Estoy llorando, pero no sé

en qué momento he empezado.

—No. —Sus botas resuenan con fuerza mientras atraviesa la habitación; la cabeza me da vueltas, me

duele el alma y temo haber perdido el sentido de la realidad—. Vamos. —Me ofrece la mano, solicitando

la mía.

—Dame el mechero.

—Ven aquí. —Extiende los dos brazos hacia mí. Ahora estoy llorando a moco tendido—. Por favor.

Me obligo a pasar por alto sus gestos, por mucho que me duela hacerlo. Quiero correr a sus brazos y

alejarlo de aquí. Pero esto no es una novela de Jane Austen con un final feliz y buenas intenciones; esto

es Hemingway, en el mejor de los casos, y puedo ver más allá de sus gestos.

—Dame el mechero y marchémonos juntos.

—Casi conseguiste hacerme creer que podía ser normal. —El encendedor todavía descansa

peligrosamente en la palma de su mano.

—¡Nadie lo es! —grito—. Nadie es normal, y no quiero que tú lo seas. Te quiero como eres, te amo,

¡y amo todo esto! —Miro alrededor del salón y después de nuevo a Hardin.

—Eso es imposible. Nadie podría ni lo ha hecho jamás. Ni siquiera mi propia madre.

Conforme las palabras salen de sus labios, el sonido de la puerta golpeando la pared hace que dé un

brinco. Me vuelvo hacia el sonido y siento un tremendo alivio al ver a Christian correr hacia el salón. Está

angustiado y sin aliento. Se detiene en el acto en cuanto asimila el estado de la pequeña estancia,

empapada de licor por todas partes.

—¿Qué…? —Sus ojos enfocan en el mechero que Hardin tiene en la mano—. He oído sirenas de