Se me parte el alma por Hardin, por sus dos versiones: la del niñito inocente forzado a presenciar
cómo golpeaban y violaban a su madre y la del hombre furioso y dolido que siente que su único recurso
es quemar la casa entera para deshacerse de ese recuerdo.
—No querrás ir a la cárcel, ¿verdad? ¿Adónde iría yo? Me quedaría tirada. —Me importa un cuerno
lo que me sucedería a mí, pero espero que la idea haga que reconsidere sus acciones.
Mi precioso príncipe oscuro me observa durante un instante, y mis palabras parecen haber calado

hondo en él.
—Llama a un taxi y ve hasta el final de la calle —dice—. Me aseguraré de que te hayas ido antes de
hacer nada. —Su voz es ahora más clara de lo que debería ser, teniendo en cuenta la cantidad de alcohol
que corre por sus venas, pero lo único que oigo es a él intentando rendirse.
—No puedo pagar el taxi. —Rebusco teatralmente mi cartera y le enseño mi dinero estadounidense.
Cierra los ojos con fuerza y estampa la botella contra la pared. Se hace añicos, pero ni siquiera me
estremezco. He oído ese sonido demasiadas veces en los últimos meses como para inmutarme.
—Coge mi puta cartera y lárgate. ¡Joder! —Con un rápido movimiento, se saca la cartera del bolsillo
trasero del pantalón y la lanza al suelo delante de mí.
Me agacho y la meto en mi bolso.
—No. Necesito que vengas conmigo —digo con voz suave.
—Eres tan perfecta… Lo sabes, ¿verdad? —Da un paso hacia mí y eleva la mano para cogerme la
mejilla.
Me encojo al sentir el contacto, y una arruga profunda se forma en su precioso rostro atormentado.
—¿Sabes que eres perfecta? —Siento su mano caliente sobre mi mejilla, y empieza a acariciarme la
piel trazando círculos con el pulgar.
Me tiemblan los labios, pero mantengo la compostura.
—No. No soy perfecta, Hardin. Nadie lo es —respondo tranquilamente mientras lo miro a los ojos.
—Tú sí. Tú eres demasiado perfecta para mí.
Me dan ganas de llorar. ¿Ya hemos vuelto a eso?
—No voy a dejar que me apartes. Sé lo que estás haciendo: estás borracho, y estás intentando
justificarlo al compararnos. Yo estoy tan jodida como tú.
—No hables así. —Frunce de nuevo el ceño. Su otra mano asciende hasta mi mandíbula y se hunde
en mi pelo—. No suena bien saliendo de tu preciosa boca. —Acaricia mi labio inferior con el pulgar y no
puedo evitar advertir el contraste entre el modo en que arden sus ojos de dolor y de rabia y su tacto suave
y delicado.
—Te quiero, y no pienso irme a ninguna parte —digo, y rezo para que mis palabras consigan
atravesar su ebrio embotamiento. Busco en sus ojos el más mínimo rastro de mi Hardin.
—Si dos personas se aman, no puede haber un final feliz —responde en tono suave.
Reconozco las palabras al instante y aparto los ojos de los suyos.