Back Amor infinito Save as PDF

sin embargo Hardin sigue pasando de mí.

Abre los ojos, se dirige a la cocina y yo lo sigo unos pasos por detrás.

—¿Dónde está…? —farfulla, y se arrodilla para mirar dentro de un armario que hay bajo la pila de la

cocina—. Te tengo.

Levanta una botella de un licor claro. No quiero preguntar de quién era (o es) esa bebida y cómo

acabó ahí. Dada la fina capa de polvo que aparece en la camiseta negra de Hardin después de frotar la

botella contra ella, diría que lleva ahí escondida al menos unos cuantos meses.

Lo sigo de vuelta hasta el salón, sin saber qué va a hacer a continuación.

—Sé que estás enfadado, y tienes todo el derecho del mundo a estarlo. —Me planto delante de él en

un intento desesperado de captar su atención, pero se niega a mirarme siquiera—. Pero ¿podemos, por

favor, volver al hotel? —Trato de cogerlo de la mano, y él la aparta—. Allí podremos hablar mientras se

te pasa la borrachera. O puedes acostarte si lo prefieres, lo que quieras, pero, por favor, tenemos que

irnos de aquí.

Hardin me esquiva, se acerca al sofá y señala.

—Ella estaba ahí… —indica apuntando con la botella de licor. Mis ojos se inundan de lágrimas, pero

me las trago—. Y nadie vino para detenerlo, joder. Ninguno de esos dos cabrones —dice con los dientes

apretados, y desenrosca el tapón de la botella llena.

Se la lleva a los labios y echa la cabeza hacia atrás para dar un buen trago.

—¡Ya basta! —grito aproximándome a él.

Estoy preparada para arrancarle la botella de las manos y estamparla contra las baldosas de la cocina.

Lo que sea con tal de que no siga bebiendo. No sé cuántas copas más podrá tolerar su cuerpo antes de

perder la conciencia.

Hardin da otro trago antes de parar. Se limpia el exceso de alcohol de la boca y la barbilla con el dorso

de la mano. Sonríe y me mira por primera vez desde que entramos en esta casa.

—¿Por qué? ¿Quieres un poco?

—No… ¡Sí! La verdad es que sí —miento.

—Pues es una lástima, Tessie. No hay suficiente como para compartir —dice arrastrando las palabras

y levantando la enorme botella.

Me encojo al oír que utiliza el mismo apelativo que mi padre para referirse a mí. Debe de haber más

de un litro del licor que sea; la etiqueta está gastada y medio arrancada. Me pregunto cuánto tiempo hará

desde que la escondió ahí. ¿Lo haría durante los once peores días de toda mi vida?

—Apuesto a que estás disfrutando de lo lindo de esto —dice entonces.

Retrocedo un paso e intento idear un plan de acción. No tengo muchas opciones ahora mismo, y

estoy empezando a asustarme. Sé que él jamás me haría daño físicamente, pero no sé cómo se tratará a

sí mismo, y no estoy emocionalmente preparada para otro ataque por su parte. Me he malacostumbrado

al Hardin controlado con el que me ha obsequiado últimamente: sarcástico y malhumorado, pero no lleno