Back Amor infinito Save as PDF

Se tambalea de nuevo y se dirige a esa parte de la calle.

—Si no me dejas que destruya esa casa… —Su voz se aleja, de modo que me quito los zapatos y lo

sigo calle abajo en dirección al patio delantero de la casa de su infancia.

CAPÍTULO 6

Tessa

Tropiezo con mis pies descalzos mientras corro tras Hardin hacia el patio delantero de la casa en la

que pasó su dolorosa infancia. Una de mis rodillas aterriza en el césped, pero me repongo al instante y

vuelvo a levantarme. La puerta mosquitera está abierta, y oigo que Hardin forcejea con el pomo por un

momento antes de aporrear frustrado la madera con el puño.

—Hardin, por favor, volvamos al hotel —digo tratando de convencerlo mientras me aproximo.

Ignorándome por completo, se agacha para coger algo que hay en un lado del porche. Supongo que es

una llave, aunque no tardo en darme cuenta de mi error cuando veo que una piedra del tamaño de un

puño atraviesa la hoja de cristal del centro de la puerta. A continuación, Hardin desliza el brazo a través,

esquivando afortunadamente los extremos cortantes del cristal roto, y entonces la abre.

Miro alrededor de la calle silenciosa, pero nada parece ir mal. Nadie se ha asomado para ver qué ha

sido ese ruido, y ninguna luz se ha encendido con el sonido del cristal al romperse. Espero que Trish y

Mike no pasen la noche en la puerta de al lado, en casa de él; que duerman en algún hotel bonito, dado

que ninguno de los dos puede permitirse una luna de miel de lujo.

—Hardin. —Estoy pisando terreno pantanoso, tengo que andarme con mucho tiento para no

hundirme. Un paso en falso, y ambos nos ahogaremos.

—Esta puta casa no ha sido nada más que un tormento para mí —gruñe.

Se tambalea sobre sus botas y se apoya en el brazo de un pequeño sofá para no caerse.

Inspecciono el salón y doy gracias de que la mayoría de los enseres estén empaquetados o ya hayan

sido trasladados de la casa debido a la demolición que tendrá lugar cuando Trish se haya mudado.

Hardin entorna los ojos y se centra en el sofá.

—Este sofá… —Se presiona la frente con los dedos antes de terminar—. Aquí es donde pasó todo,

¿sabes? En este mismo puto sofá.

Sabía que no estaba bien, pero el hecho de que diga eso lo confirma. Recuerdo que hace meses me

contó que había destrozado ese sofá. «Ese mueble de mierda era fácil de destruir», se jactó.

Observo el sofá que tenemos delante. Sus firmes cojines y la tela intacta demuestran que está como

nuevo. Se me revuelven las tripas, tanto por el recuerdo como por la idea de en qué se está

transformando el estado de ánimo de Hardin.

Cierra los ojos por un momento.

—Tal vez alguno de mis putos padres podría haber pensado en comprar uno nuevo.

—Lo siento mucho. Sé que todo esto es demasiado para ti en este momento. —Intento reconfortarlo,