Back Amor infinito Save as PDF

—Ni hablar, de eso nada.

Me vuelvo y veo en el suelo el taburete que ha tirado con las prisas por alcanzarme, y los patéticos

intentos descoordinados de Judy por levantarlo de nuevo.

—Pues llévame —respondo señalando la puerta con la cabeza.

—Estoy borracho —dice como si eso justificara esta escenita.

—Lo sé —respondo—. Cogeremos un taxi hasta Gabriel’s y luego yo conduciré el coche de alquiler

hasta el hotel. —Rezo para mis adentros para que esta estratagema funcione.

Hardin me mira con recelo durante un segundo.

—Parece que lo tienes todo planeado, ¿verdad? —farfulla sarcásticamente.

—No, pero seguir aquí no va a traer nada positivo, así que, o pagas tus copas y me sacas de este

sitio, o me iré con otra persona.

Me suelta el brazo y se aproxima a mí.

—No me amenaces. Yo también podría largarme con otra sin problemas —dice a tan sólo unos

centímetros de mi cara.

Los celos me devoran al instante, pero decido pasarlos por alto.

—Adelante. Vete con Judy si quieres. Sé que ya te has acostado con ella; es obvio —le suelto

desafiante con la espalda muy recta y la voz firme.

Me mira, después la mira a ella y sonríe un poco. Me encojo y él frunce el ceño.

—No fue nada del otro mundo. Apenas lo recuerdo. —Está intentando hacer que me sienta mejor,

pero sus palabras surten el efecto contrario.

—Y ¿bien? ¿Qué decides? —digo levantando una ceja.

—Joder —refunfuña, pero vuelve tambaleándose a la barra para pagar sus bebidas.

Parece que simplemente se vacía los bolsillos sobre el mostrador y, después de que el camarero

extraiga algunos billetes, Hardin desliza el resto hacia Judy. Ella lo mira, me mira a mí y se encoge un

poco, como si algo hubiera desinflado su columna vertebral.

Mientras salimos del bar, Hardin dice:

—Adiós de parte de Judy.

Me dan ganas de estallar.

—No me hables de ella —replico.

—¿Estás celosa, Theresa? —pregunta arrastrando las palabras mientras me rodea con el brazo—.

Joder, odio este lugar, este bar, esa casa… —Señala hacia la pequeña vivienda que hay al otro lado de la

calle—. ¡Por cierto! ¿Quieres saber algo curioso? Vance vivía ahí. —Hardin señala la casa de ladrillo que

está justo enfrente del bar. En el piso de arriba hay una débil luz encendida, y un coche aparcado en la

puerta—. Me pregunto qué estaba haciendo la noche que aquellos hombres entraron en nuestra puta casa.

A continuación, Hardin inspecciona el terreno y se agacha.

Antes de que me dé tiempo a asimilar qué está pasando, levanta el brazo hacia atrás por encima de su

cabeza con un ladrillo en la mano.

—¡Hardin, no! —grito, y lo agarro del brazo.

El ladrillo cae al suelo y patina por el hormigón.

—¡Que le den! —Intenta volver a cogerlo, pero me planto delante de él—. ¡Que le den a todo esto!

¡Que le den a esta calle! ¡Que le den a este bar y esa puta casa! ¡Que le den a todo el mundo!