Back Amor infinito Save as PDF

vida entera es una puta mentira, así que relájate y tómate una copa conmigo.

Se me parte el corazón, pero beber no es la respuesta. Necesito sacarlo de aquí ahora mismo.

—¿Prefieres los margaritas con hielo picado o en cubitos? Este sitio no es gran cosa, así que no hay

muchas opciones —me explica Judy.

—He dicho que no quiero una puta copa —le espeto.

Abre los ojos como platos, pero no tarda en recuperarse. Yo estoy casi tan sorprendida como ella de

mi arrebato. Entonces oigo que Hardin se ríe a mi lado, pero mantengo los ojos fijos en esa mujer, que

disfruta claramente de sus secretos.

—Vale. Parece que alguien necesita relajarse. —La tal Judy rebusca en su enorme bolso. Saca un

mechero y un paquete de cigarrillos y enciende uno—. ¿Quieres? —le pregunta a Hardin.

Lo miro y, para mi sorpresa, asiente. Judy alarga la mano y le pasa el cigarrillo que ella misma ha

encendido. ¿Quién narices es esta mujer?

Le pone el asqueroso pitillo en los labios y él le da una calada. Hilillos de humo remolinean entre

nosotros y yo me tapo la boca y la nariz.

Lo fulmino con la mirada.

—¿Desde cuándo fumas?

—Siempre he fumado. Lo dejé cuando empecé en la WCU. —Da otra calada.

El extremo rojo incandescente del cigarrillo me provoca. Alargo la mano, se lo quito de los labios y lo

tiro dentro de su vaso medio lleno todavía.

—¿Qué cojones haces? —dice medio gritando, y se queda mirando su bebida arruinada.

—Nos vamos ahora mismo. —Me bajo del taburete, agarro a Hardin de la manga y tiro de él.

—No, de eso nada. —Se libra de mí e intenta captar la atención del camarero.

—Él no quiere irse —interviene Judy.

Estoy cada vez más furiosa, y esta mujer ya me está cabreando. La miro fijamente a sus ojos

burlones, que apenas encuentro bajo el montón de rímel que lleva puesto.

—No recuerdo haber pedido tu opinión. ¡Métete en tus asuntos, y búscate a otro compañero de

bebida, porque nosotros nos vamos! —grito.

Mira a Hardin esperando que la defienda, y entonces la nauseabunda historia entre los dos me resulta

evidente. No es así como reaccionaría «una amiga de la familia» con el hijo de su amiga, que tiene la

mitad de su edad.

—He dicho que no quiero marcharme —insiste Hardin.

He gastado todos mis recursos y no me escucha. Mi última opción es jugar con sus celos: un golpe

bajo, y más en el estado en el que se encuentra, pero no me deja elección.

—Muy bien —digo mientras empiezo a inspeccionar el bar de manera exagerada—, si tú no quieres

llevarme de vuelta al hotel, tendré que buscarme a alguien que lo haga.

Fijo la vista en el tipo más joven del lugar, que está en una mesa con sus amigos. Le doy a Hardin

unos segundos para responder y, al ver que no lo hace, me dirijo al grupito de chicos.

Entonces me agarra del brazo en cuestión de segundos.