—Por favor, Hardin. —Lo miro a los ojos rojos—. Estoy muy cansada, y sé que tú también lo estás.
—Trato de usar mi debilidad contra él en lugar de mencionar a Christian o a Ken. Me inclino hacia él—.
Los pies me están matando, y te he echado de menos. Christian ha intentado buscarte, pero no ha dado
contigo. Llevo un buen rato caminando y quiero que volvamos al hotel. Juntos.
Lo conozco lo bastante bien como para estar segura de que, si empiezo a hablarle de algo demasiado
importante, perderá los estribos y su calma se evaporará en cuestión de segundos.
—No se ha esforzado mucho en buscarme. He empezado a beber —Hardin levanta el vaso— en el
bar que está justo enfrente de donde me ha dejado.
Me inclino hacia él, y empieza a hablar de nuevo antes de que a mí se me ocurra nada que decir.
—Tómate algo. Estoy con una amiga; ella te invitará a un chupito. —Señala con la mano todos los
vasos que hay en la barra—. Nos hemos encontrado en otro magnífico establecimiento, pero en vista de
que la temática de esta noche parece ser el pasado, he decidido que viniésemos aquí. Por los viejos
tiempos.
Se me cae el alma a los pies.
—¿Una amiga?
—Una vieja amiga de la familia —dice, y señala con el rostro a la mujer que sale del aseo.
Parece tener unos cuarenta o cuarenta y pocos años, y lleva el pelo rubio platino. Me alivia ver que
no es una chica joven, ya que parece que Hardin lleva un buen rato bebiendo con ella.
—De verdad, creo que deberíamos irnos —insisto, e intento cogerlo de la mano.
Él se aparta.
—Judith, ésta es Theresa.
—Judy —lo corrige ella al tiempo que yo digo «Tessa».
—Encantada de conocerte. —Fuerzo una sonrisa y me vuelvo otra vez hacia Hardin—. Por favor —
le suplico de nuevo.
—Judy sabía que mi madre era una puta —dice Hardin, y el hedor a whisky ataca a mis sentidos una
vez más.
—Yo no he dicho eso. —La mujer se echa a reír. Viste de un modo excesivamente juvenil para su
edad. Lleva un top muy escotado y unos pantalones de campana demasiado estrechos.
—Sí que lo ha dicho. ¡Mi madre odia a Judy! —Hardin sonríe.
La desconocida le devuelve la sonrisa.
—¿Por qué será?
Empiezo a sentirme excluida de una broma privada entre ellos.
—¿Por qué? —pregunto sin pensarlo.
Hardin le lanza una mirada de advertencia y hace un gesto con la mano como desestimando mi
pregunta. Me dan ganas de tirarlo del taburete de un puñetazo, pero me contengo. Aunque si no supiera
que sólo está intentando ocultar su dolor, lo haría.
—Es una larga historia, bonita. —La mujer le hace un gesto al camarero—. Pero bueno, tienes pinta
de que te conviene beber un poco de tequila.
—No, estoy bien. —Lo último que quiero ahora es una copa.
—Relájate, nena. —Hardin se inclina más cerca de mí—. No eres tú quien acaba de descubrir que su