rojas de mi piel a la altura de los tobillos.
No hay mucha gente, y no me lleva demasiado tiempo echar un vistazo y encontrar a Hardin, que
está sentado a la barra llevándose un vaso a la boca. Se me cae el alma a los pies. Sabía que lo
encontraría así, pero mi fe en él se está resintiendo en este momento. Había esperado, con todas mis
fuerzas, que no recurriese a la bebida para mitigar su dolor. Inspiro hondo antes de acercarme.
—Hardin —digo y le apoyo una mano en el hombro.
Se vuelve sobre el taburete, me mira, y se me revuelven las tripas ante la imagen que tengo delante.
Tiene los ojos tan rojos, tan inyectados en sangre, que el blanco prácticamente ha desaparecido. Sus
mejillas están sonrojadas, y el hedor a licor es tan fuerte que casi puedo saborearlo. Me empiezan a sudar
las manos y la boca se me seca.
—Mira quién está aquí —balbucea.
El vaso que tiene en la mano está casi vacío, y me encojo al ver los tres vasos de chupito también
vacíos que tiene delante.
—¿Cómo me has encontrado? —Ladea la cabeza y apura lo que le queda de líquido marrón antes de
llamar al hombre que está detrás de la barra—. ¡Otro!
Acerco el rostro hasta que está directamente delante del de Hardin para que no pueda mirar hacia otro
lado.
—Cariño, ¿estás bien? —Sé que no lo está, pero no sabré cómo debo tratarlo hasta que evalúe su
estado de ánimo y la cantidad de alcohol que ha consumido.
—Cariño… —dice en tono misterioso, como si estuviera pensando en otra cosa mientras habla. Pero
entonces vuelve en sí y me ofrece una sonrisa asesina—: Sí, sí. Estoy bien. Siéntate. ¿Quieres tomar
algo? Tómate algo… ¡Camarero, otro!
El hombre me mira y yo niego con la cabeza. Hardin no se percata de ello, retira el taburete que hay a
su lado y da unos golpecitos en el asiento. Echo un vistazo alrededor del bar antes de sentarme.
—¿Cómo me has encontrado? —pregunta de nuevo.
Me siento confundida y nerviosa ante su comportamiento. Es evidente que está borracho, pero no es
eso lo que me preocupa, sino la espeluznante calma que tiñe su voz. La he oído antes, y nunca trae nada
bueno.
—Llevo horas deambulando, y he reconocido la casa de tu madre al otro lado de la calle, así que
sabía…, bueno, sabía que debía buscarte aquí.
Me estremezco al recordar que, según me contó Hardin, Ken pasaba noche tras noche en este mismo
bar.
—Mi pequeña detective —dice suavemente mientras levanta una mano para colocarme el pelo detrás
de la oreja.
No me encojo ni me aparto, a pesar de que la ansiedad aumenta en mi interior.
—¿Vienes conmigo? —digo—. Me gustaría que nos fuésemos ya al hotel, así podremos marcharnos
por la mañana.
Justo en ese momento, el camarero le trae la bebida, y Hardin se queda contemplándola.
—Aún no.
