agote, por si intenta llamarme él.
Conforme continúo mi búsqueda, recorriendo sin rumbo el barrio y mirando en bares y restaurantes
aquí y allá, el sol empieza a ponerse en el cielo londinense. Debería haberle pedido a Kimberly uno de sus
coches de alquiler, pero no pensaba con claridad en ese momento y, además, ella tiene sus propias
preocupaciones. El coche de alquiler de Hardin sigue aparcado en Gabriel’s, pero no tengo la llave.
La belleza y la gracia de Hampstead disminuyen a cada paso que doy hacia el otro lado de la ciudad.
Me duelen los pies y el aire primaveral se va tornando cada vez más frío conforme el sol se oculta. No
debería haberme puesto este vestido y estos estúpidos zapatos. De haber sabido lo que iba a suceder, me
habría puesto un chándal y unas zapatillas para que me resultara más fácil perseguir a Hardin. En el
futuro, si alguna vez voy a alguna parte con él otra vez, ése será mi uniforme estándar.
Al cabo de un tiempo, ya no sé si son cosas mías o si la calle por la que camino me resulta familiar de
verdad. Está repleta de pequeñas casas, como la de Trish, pero estaba medio dormida cuando llegamos y
no me fío mucho de mi mente en estos momentos. Por suerte, las calles están prácticamente vacías, y
todos los residentes parecen haberse metido ya en sus casas. De lo contrario, compartir las calles con
gente que sale de los bares haría que estuviera todavía más paranoica. Casi me echo a llorar de alivio
cuando veo la casa de Trish un poco más adelante. Está anocheciendo, pero las farolas están encendidas
y, conforme me aproximo, cada vez estoy más convencida de que es su casa. No sé si Hardin se
encontrará allí, pero espero que, si no es así, al menos la puerta no esté cerrada para poder sentarme y
beber un poco de agua. Llevo horas caminando por el barrio sin rumbo. Tengo suerte de haber acabado
en la única calle del pueblo que puede serme de utilidad.
Mientras me acerco a la casa de Trish, una deslucida señal luminosa con la forma de una cerveza
capta mi atención. El pequeño bar se encuentra entre una casa y un callejón. Un escalofrío recorre mi
cuerpo. Para Trish debe de haber sido duro permanecer en la misma casa, tan cerca del bar desde el que
salieron sus agresores en busca de Ken. Hardin me dijo que no podía permitirse mudarse. Su manera de
quitarle importancia me sorprendió. Pero, por desgracia, el dinero es así de cruel.
Está ahí. Lo sé.
Me dirijo al pequeño establecimiento y, cuando abro la puerta de hierro, me siento avergonzada al
instante al reparar en mi atuendo. Parezco una auténtica loca al entrar en esta clase de bar con un vestido,
descalza y con los zapatos en la mano. Decidí quitármelos hace una hora. Dejo caer mis tacones al suelo
y vuelvo a deslizar los pies en el calzado. Hago una mueca de dolor cuando las correas rozan las marcas