—Supongo que tienes razón. Quizá debería ir y quedarme fuera —sugiero.
Kimberly asiente comprensiva, pero su expresión se torna dura cuando un elegante BMW negro
aparece en el aparcamiento y estaciona al lado de su coche de alquiler.
Christian sale del vehículo vestido de traje.
—¿Se sabe algo de él? —pregunta mientras se aproxima.
Se inclina para besar a Kimberly en la mejilla —algo que, supongo, hace por costumbre—, pero ella
se aparta antes de que los labios de él lleguen a tocar su piel.
—Lo siento —oigo que le susurra.
Ella niega con la cabeza y centra la atención en mí. Estoy sufriendo por Kim; no se merece semejante
traición. Aunque supongo que eso es lo que tienen las traiciones: no tienen prejuicios y atacan a aquellos
que ni las ven venir ni las merecen.
—Tessa va a venir con nosotros y vigilará, por si Hardin aparece en la boda —empieza a explicar.
Después mira a Christian a los ojos—: Así, mientras todos estemos dentro, ella se asegurará de que nada
interrumpa este maravilloso día —dice con la voz cargada de veneno pero manteniendo la calma.
Christian sacude la cabeza mientras contempla a su prometida.
—No vamos a ir a esa maldita boda. No después de toda esta mierda.
—¿Por qué no? —pregunta Kimberly con ojos cansados.
—Por esto —Vance hace un gesto con la mano señalándonos a ella y a mí—, y porque mis dos hijos
son más importantes que cualquier boda, y especialmente ésta. No espero que te sientes ahí con una
sonrisa en la misma habitación que ella.
Kimberly parece sorprendida, pero al menos sus palabras han conseguido aplacarla. Yo me limito a
observar y permanezco en silencio. La referencia de Christian a Hardin y a Smith como «sus hijos» por
primera vez me ha desconcertado. Hay tantas cosas que me gustaría decirle a este hombre, tantas
palabras cargadas de odio que necesito espetarle desesperadamente…, pero sé que no debo hacerlo. Eso
no ayudará en nada, y tengo que seguir centrada en descubrir el paradero de Hardin y en cómo se habrá
tomado la noticia.
—La gente hablará. Especialmente Sasha —responde Kimberly con el ceño fruncido.
—Me importa una mierda lo que digan Sasha, Max o quien sea. Que hablen lo que les dé la real gana.
Vivimos en Seattle, no en Hampstead. —Hace ademán de cogerla de las manos, y ella permite que las
sostenga entre las suyas—. Mi única prioridad ahora mismo es arreglar mis errores —dice Christian con
voz temblorosa.
La fría animadversión que siento hacia él empieza a flaquear, aunque muy ligeramente.
—No deberías haber dejado que Hardin saliera del coche —replica Kimberly, aún con las manos
entre las de él.
—Tampoco podía impedírselo. Ya sabes cómo es. Y después se me atascó el cinturón y no sabía
hacia adónde había ido…, ¡maldita sea! —dice, y Kimberly asiente despacio.
Finalmente, siento que ha llegado el momento de intervenir.
—¿Adónde crees que ha ido? Si no se presenta en la boda, ¿adónde debería ir a buscarlo?