Back Amor infinito Save as PDF

Ella se encogió de hombros.

—Yo tampoco, pero seguro que introducir la imagen de un bebé aumentará las ventas.

—Puede que en el caso de las mujeres que les compran estas mierdas a sus novios o a sus maridos —

la corregí.

Ningún hombre en su sano juicio habría cogido esa cosa del supermercado.

—No, seguro que los padres también lo comprarían.

—Seguro. —Abrí la caja, dispuse el contenido delante de mí y la miré a los ojos a través del espejo

—. Y ¿este bol?

—Es para la crema. Conseguirás un mejor afeitado si usas la brocha.

—Y ¿cómo sabes tú eso? —le pregunté con una ceja enarcada, esperando que no lo supiera por su

experiencia con Noah.

Ella esbozó una amplia sonrisa.

—¡Lo he buscado en internet!

—Cómo no… —Mis celos desaparecieron al instante y Tessa me dio una patadita traviesa—. Pues en

vista de que ahora eres una experta en el arte del afeitado, ayúdame.

Yo siempre había usado espuma y una simple cuchilla, pero al ver que se había molestado en

investigar al respecto, no quería frustrar su empeño. Y, francamente, la repentina idea de que me afeitara

la cara me estaba poniendo cachondo. Tessa sonrió, se levantó y se reunió conmigo delante de la pila.

Cogió el tubo de crema, vertió un poco en el cuenco y empezó a removerla con la brocha hasta formar

espuma.

—Toma. —Sonrió y me pasó la brocha.

—No, hazlo tú. —Le devolví la brocha y la cogí de la cintura—. Arriba. —La levanté para sentarla

sobre el mueble de baño. Le separé los muslos y me coloqué entre ellos.

Se mostraba cautelosa pero concentrada mientras mojaba la brocha en la espuma y me la pasaba por

la mandíbula.

—La verdad es que no me apetece mucho ir a ninguna parte esta noche —le dije—. Tengo un

montón de trabajo que hacer. Me has estado distrayendo. —Le agarré las tetas y se las apreté con

suavidad.

De un modo reflejo, hizo un movimiento brusco con la mano y me manchó el cuello con la crema de

afeitar.

—Menos mal que no llevabas la cuchilla en la mano —bromeé.

—Menos mal —se mofó, y cogió la cuchilla nueva. Después se mordió los carnosos labios y preguntó

—: ¿Estás seguro de que quieres que lo haga yo? Me da miedo cortarte sin querer.

—Deja de preocuparte. —Sonreí—. Además, seguro que también has buscado esta parte en internet.

Sacó la lengua como si fuera una niña pequeña y yo me incliné hacia adelante para besarla antes de

que empezara. No me contestó nada porque había dado en el clavo.

—Pero te advierto que, como me cortes…, más te vale salir corriendo. —Me eché a reír.

Ella me miró con el ceño fruncido.

—No te muevas, por favor.

Le temblaba un poco la mano, pero pronto fue adquiriendo firmeza mientras deslizaba con suavidad

la cuchilla por la línea de mi mandíbula.

—Deberías ir sin mí —dije, y cerré los ojos.

Por alguna extraña razón, que Tessa me estuviera afeitando la cara me resultaba reconfortante y