Hardin. —El aire gélido hace que me estremezca.
—Claro —asiente, y cruzamos el parking hasta su coche de alquiler.
Una lenta y funesta sensación se instala en mi estómago cuando veo que otro policía entra en el bar
pijo. Temo por Hardin; no por la policía, sino porque tengo miedo de cómo manejará toda esta situación
cuando esté a solas con Christian.
Veo a Smith, sentado tranquilamente en el asiento trasero del coche, apoyo los codos en el maletero y
cierro los ojos.
—¡¿Qué significa que no lo sabes?! —grita Kimberly, interrumpiendo mis pensamientos—. ¡Nosotras
lo encontraremos! —espeta, y corta la llamada.
—¿Qué pasa? —Mi corazón late tan fuerte que temo no oír su respuesta.
—Hardin se ha bajado del coche y Christian no sabe dónde está —dice, y se recoge el pelo en una
coleta—. Es casi la hora de esa maldita boda —añade mirando hacia la puerta del bar, donde se encuentra
Mike, solo.
—Esto es un desastre —me lamento, y ruego en silencio para que Hardin esté de camino aquí.
Cojo el móvil de nuevo y parte del pánico disminuye cuando veo su nombre en la lista de llamadas
perdidas. Con manos temblorosas, lo llamo otra vez y espero. Y espero. Y no me contesta. Vuelvo a
llamar una y otra vez, pero sólo me responde su buzón de voz.

CAPÍTULO 4
Hardin
—Jack Daniel’s con cola —ladro.
El camarero calvo me lanza una mirada asesina mientras coge un vaso vacío de la estantería y lo llena
de hielo. Es una lástima que no se me haya ocurrido invitar a Vance; podríamos haber compartido una
copa como padre e hijo.
«Joder, todo esto es una puta mierda.»
—Que sea doble —le digo al hombretón de detrás de la barra.
—Recibido —responde él sarcásticamente.
Mi mirada encuentra el viejo televisor de la pared y leo los subtítulos que aparecen en la parte inferior
de la pantalla. Es un anuncio de una compañía de seguros y no para de aparecer un bebé riéndose. Nunca
entenderé por qué deciden meter bebés en todos los putos anuncios.
El camarero me desliza la bebida sin mediar palabra por la barra de madera justo cuando el bebé hace
un sonido que supuestamente pretende resultar incluso más «adorable» que sus risas. Me llevo el vaso a
los labios y dejo que mi mente me traslade lejos de aquí.
—¿Por qué has traído a casa productos para bebés? —había preguntado yo.
Ella se sentó sobre la tapa del váter y se recogió el pelo en una cola de caballo. Empezaba a
preocuparme que se hubiera obsesionado con los niños; sin duda lo parecía.
—No es un producto para bebés —me respondió Tessa echándose a reír—. Sólo tiene a un bebé y a
un padre impresos en el envoltorio.
—Pues no entiendo por qué.
Levanté la caja de productos de afeitado que Tessa me había traído y examiné las rechonchas mejillas
de un bebé mientras me preguntaba qué cojones pintaba un niño pequeño en un kit de afeitado.