Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Rebus ni le escuchaba.

—Ese tío sabe latín, sea delincuente o no.

—¿Qué quieres decir?

—Que empezó trabajando para su tío y probablemente sabe más que tú de estas cosas...

—Escucha, no necesito que me alecciones...

—¿Me oyes? Escucha, ¿qué haces si necesitas mear?

—No lo necesito.

—¿O comer?

—Tampoco.

—Lo que yo te dije es que indagaras sobre los que trabajan con él, no que le siguieras.

—¡No me digas cómo tengo que hacer mi trabajo!

—Ni se te ocurra entrar en ese pub, ¿entendido? Más o menos sé dónde estás. Ahora voy para allá.

—No hace falta.

—No me lo vas a impedir.

—Escucha, es mi...

Se había cortado la comunicación. Lanzó una imprecación y llamó a Rebus. «El número que ha marcado no está disponible en este momento» fue la respuesta.

Volvió a maldecir.

¿Por qué tenía que ir Rebus a compartir sus pesquisas y a meter la nariz en su investigación? En cuanto llegase le diría que se fuera a...

En aquel momento se abrió la puerta del pub. Durante todo el rato que Hutton había estado dentro —una hora y veinte minutos— no había entrado ni salido nadie. Allí estaba; lo vio bañado por la luz que salía por la puerta abierta. Estaba con otro tipo, charlando; Linford fue a aparcar al otro lado de la calle más adelante, sin dejar de mirar al otro hombre. Su físico era muy parecido al de la descripción de Holyrood que recordaba.

Vaqueros, cazadora de cuero negra y zapatillas de deporte blancas. Pelo negro corto y ojos muy redondos, y un rictus despectivo en la boca.

Hutton dio un leve empellón en el hombro al tipo, no muy contento al parecer con lo que le decía. Tendió la mano a Hutton pero éste, sin estrechársela, fue al Ferrari, lo abrió, puso el motor en marcha y arrancó. Parecía que el de la puerta volvía a entrar al pub. Linford tenía una perspectiva nueva: entraría allí con Rebus como refuerzo e interrogarían a aquel hombre. Una buena jornada.

Pero lo que el tipo hacía era despedirse de alguien, y acto seguido se alejó caminando. Linford no se lo pensó dos veces; se bajó del coche y ya iba a cerrarlo cuando al recordar el pitido estridente del sistema de seguridad, optó por dejarlo abierto y olvidó coger el móvil.

Por su modo de andar, haciendo leves eses con los brazos caídos, pensó que el tipo iba borracho. Se metió en otro pub, del que salió minutos después a la puerta para fumarse un cigarrillo antes de seguir caminando; se detuvo a hablar con un conocido, y a continuación prosiguió más despacio sacando un móvil del bolsillo para contestar una llamada. Linford se palpó los bolsillos y vio que había olvidado el suyo en el coche. No tenía ni idea de dónde estaban y quiso hacer memoria de los pocos rótulos de calles que había visto. Otro pub. Tres minutos y salió otra vez. Se metió después por una callejuela y Linford aguardó a que girase a la izquierda para cruzar a buen paso hasta la otra esquina. En aquella zona todo eran viviendas con vallas altas y ventanas con visillos, con ruido de teles y de niños jugando, separadas por callejones oscuros que olían a orina, con pintadas de «Tranqui», «Okupas», «Bis». Más callejones; el hombre se detuvo y llamó a una puerta. Linford se escondió. Se abrió la puerta y el tipo entró rápido.